Blanco sobre negro. Piel sobre piel.
Las intensas caras oscuras se disfrazan de rostro pálido ocultando su belleza, poliedro de ébano tallado, un desbordante lienzo tropical que tensa sus pómulos, que allana el camino.
A lo largo de las vértebras que hilvanan la geografía monzambiqueña, las caras tintadas de musiro me asaltan a cada sonrisa, como fantasmas encarnados detrás de las palmeras en Pangane, contra los muros encalados de amarillo en Ilha, flotando sobre las aguas claras del Índico.
Las intensas caras oscuras se disfrazan de rostro pálido ocultando su belleza, poliedro de ébano tallado, un desbordante lienzo tropical que tensa sus pómulos, que allana el camino.
A lo largo de las vértebras que hilvanan la geografía monzambiqueña, las caras tintadas de musiro me asaltan a cada sonrisa, como fantasmas encarnados detrás de las palmeras en Pangane, contra los muros encalados de amarillo en Ilha, flotando sobre las aguas claras del Índico.
El musiro esconde el alma tribal y resalta la sangre africana en cada gesto de las mujeres que lo portan. Según se va desmoronando desde las mejillas o la frente, apenas va dejando un rastro de corales y conchas marinas sobre la piel de las muchachas como las miríadas de estrellas blancas que alfombran la arena de las playas mozambiqueñas a la luz de la luna.
Mozambique es también caras blancas y corazones rojos.
(Mozambique, agosto de 2008)
(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó