Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.
Mostrando entradas con la etiqueta Africa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Africa. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de marzo de 2014

ESCULTURAS EN BUSCA DE AUTOR (TASSILI, ARGELIA)



El desierto puede ser bello y cruel, sublime y atroz, avasallador y devastador. Pero también es caprichoso.

El más poderoso de todos, el enigmátco Sahara, esconde en un rincón de sus arenas olvidadas, donde Argelia se junta con Libia, Níger y Mali, curiosas esculturas modeladas por manos desconocidas. En los parajes más recónditos del Tassili, reino de las piedras y la arena, se alzan elaboradas figuras de perfiles pulidos, torsos tallados con minuciosa precisión, representaciones animales de pasmosa semejanza. En una tierra de pueblos perdidos, cruce de gentes y civilizaciones, cualquiera ha podido blandir el cincel y el martillo dejando para la posteridad muestra de su arte. Desde los legendarios Garamantes a los actuales Tuaregs, desde las sandalias romanas de la Tercera Legión Augusta que con Cornelio Balbo soñó con llegar más al sur, y nunca sabremos si alguna vez vio el río Níger, hasta los cazadores y pastores que habitaron en estos páramos durante milenios viendo los árboles, la hierba y el agua tornarse en piedra, calor y huesos calcinados. 

No en vano las cuevas y bóvedas revelan de manera inesperada pinturas delicadas de depurada técnica, trazos esbeltos que recorren el cuello de jirafas, el lomo de leones o la colosal silueta de los elefantes. Manos que pintaron y pudieron esculpir. Un jabalí, un camello, dos enamorados, un templo, un arco triunfal. Las esculturas que me voy encontrando en mi recorrido por el Tassili Tadrart no dejan dudas de lo que representan. Vestigios difusos de una cultura olvidada.

Pero la realidad es mucho más sorprendente. Pues ninguna mano maestra fue la que esculpió esas figuras o talló esos perfiles. Ningún artesano anónimo de un pueblo perdido fue el que dedicó sus horas a dejar testimonio de su habilidad. La verosimilitud y el acierto en la representación son puro azar. Los artistas autores de esas esculturas no son otros que el viento, la arena y el paso del tiempo. El imaginario local encuentra parecidos fácilmente reconcibles como sucede con el jabalí o la cabeza de camello de Moul'n'aga y, en otros casos, busca la imagen más allá encontrando dos amantes conversando, la Catedral de In-Djérane o incluso la Copa del Mundo de Fútbol.

(Tassili Tadrart, diciembre de 2012)








(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

sábado, 22 de marzo de 2014

LA VACA QUE LLORA (TASSILI, ARGELIA)



Según la leyenda local que arrastra arenas ancestrales, la vaca llora porque es sabia y atisba detrás de las dunas el futuro que le espera. El desierto avanza, la desolación gana terreno y en poco tiempo el agua y los pastos no serán más que un espejismo sin palmeras.

La vaca que llora en realidad son tres que vierten una gruesa lágrima por su ojo derecho al tiempo que echan una mirada de auténtica conmiseración. Tal vez no sea lágrima ni llanto pero la tradición se ajusta perfectamente al gesto atemorizado de las vacas. Sus finos e interminables cuernos se alargan en varias direcciones afilando aún más su estrecho rostro que parece querer escaparse de la piedra. Allí, atadas a un enorme torreón doble de roca, rodeadas de arenas cada vez más amenazantes, las tres reses comparten rebaño con otras esculpidas en otro risco vecino y se vienen a sumar a la gran cabaña vacuna que brota por innumerables piedras del Tassili esperando que regresen los pastores que antaño las guiaron entre hierbas ya inexistentes.

De regreso a Djanet, tras una semana extraviado entre arenas y pinturas imposibles, un lienzo de espejismos plateados en el horizonte me condujo hasta Terghargert donde las tres vacas lloran sin consuelo sin saber a ciencia cierta por qué. Tal vez gota a gota, lágrima a lágrima, consigan resucitar las aguas del río que el mito y la historia secaron.

(Tassili, diciembre de 2012)




 
(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

sábado, 8 de febrero de 2014

JIRAFAS EN EL SAHARA (TASSILI N'AJJER, ARGELIA)



En el fondo de la cueva dormía una jirafa. Recostada sobre sus patas, con su largo y esbelto cuello alargado, me saludó agitando sus interminables pestañas. Las manchas rojas saltaban desde su piel canela y, con una mirada cómplice, esbozaba una sorprendente sonrisa. Parecía absolutamente viva, a punto de alzarse sobre sus delgadas patas y echar a correr contra la brisa. Pero no pudo moverse porque la jirafa no era real sino que estaba pintada sobre la pared de la cueva.



Esa fue la primera de la muchas jirafas que pude encontrarme en mi periplo por las arenas y rocas del desierto del Tassili N'Ajjer, en el fondo de Argelia, donde las fronteras con Libia, Mali y Niger se funden en un océano petrificado. Los diferentes macizos, como fortalezas lunares, alzan sus murallas en medio de las arenas saharianas donde esconden tesoros resguardados del tiempo. Desde que Henri Lhote las sacara a la luz, las pinturas rupestres del Tassili no han dejado de asombrar y de provocar intensos debates y hasta las más fantásticas teorías. Pero lo que sí demuestran es que, hace miles de años, donde ahora se extienden esos desiertos desolados, crecían entonces fértiles tierras inundadas por ríos y lagos donde abundaba una fauna propia de la sabana y donde florecían pueblos ahora olvidados.

Sin llegar a subir hasta la elevada meseta de Jabbaren dode aguardan los gigantes, en el Tassili Tadrart ya es fácil encontrarse en las paredes o al abrigo de las cuevas, con jirafas, elefantes, leones, bisontes o hipopótamos que observan desde los pozos del tiempo como si nunca se hubieran ido. La erosión del desierto ha sido inclemente con las pinturas que a duras penas resisten el embite en el fondo de las grutas o a cubierto de bóvedas de piedra, pero aún es posible maravillarse con las estilizadas líneas que dibujan el contorno de las jirafas, la mano maestra que trazó con tanta habilidad las gráciles patas y cuellos, que reflejó con tanto detalle su perfil efímero.

En las paredes de roca las tallas resisten mejor la erosión y brillan al sol como recién esculpidas. Entre enormes paquidermos y restos de escritura, tres hermosas jirafas parecen querer escapar de la piedra y trotar por los cañones en busca de un río.

Muchas cosas me conquistaron en el Tassili. Como sus jirafas.

(Tassili Tadrart, diciembre de 2012)






(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 6 de febrero de 2014

HACIA EL CIELO (SOSSUSVLEI, NAMIBIA)



Una escalera de arena, una rampa de semillas de oro que se van desmoronando a cada paso. Es fácil seguir la huella pues sólo hay un lugar donde posar el pie. Cada vez un poco más cerca del cielo y más lejos de infierno. El calor aprieta en la sartén namibia a cada minuto y en Deadvlei los árboles secos ya deben de estar ardiendo. A nuestros pies las charcas efímeras de Sossusvlei brillan al sol africano reflejando las formas onduladas de las dunas. La línea sinuosa que perfila el horizonte de la duna invita a recorrerla. Millones incontables de granos de arena se amontonan a refugio del viento hasta erigir en el desierto gigantescas montañas rojas que se encadenan hasta formar un laberinto de cuerdas invisibles. Una cumbre de aire a punto de deshacerse con un soplo.

Paso a paso Olatz y yo continuamos nuestra marcha hasta la cumbre donde no nos espera nada más que el otro lado. Y unas vistas magníficas del desierto namibio.

La foto pertenece a la mano maestra de Miguel Ángel Sánchez.

(Desierto del Namib, agosto de 2011)


(c) Copyright del texto: Joaquín Moncó

lunes, 10 de junio de 2013

MOKORO (OKAVANGO, BOTSWANA)



Una tonelada de sol me aplasta contra el mokoro que se desliza silencioso sobre el agua. La luz inunda avasalladoramente los canales del delta que se desmenuza en miles brazos entre las islas vegetales. El calor aprieta y apenas tengo la breve sombra del ala de mi sombrero para refugiarme. En la orilla inexistente, una cigueña de pico amarillo alza sus zancos en busca de algún pez incauto que llevarse al pico. En lo alto de un árbol, un aguila pescadora otea la lámina refulgente de arriba a abajo con el mismo objetivo. El mugido indescriptible de un hipopótamo resuena en el horizonte mientras la sombra sólida de un elefante tiembla tras la espesura. El mundo transcurre lento, muy lento, a mi alrededor al ritmo que marca el palo de Carlos. El tiempo que tarda en hundirse en el limo del fondo del canal y ser alzado de nuevo unos metros por detrás cuando el mokoro ha avanzado indolente sobre el agua sin casi percirbirlo salvo por un leve bamboleo.



Carlos, que en realidad se llama Colin, me vuelve a preguntar algo en inglés y de nuevo ríe en la popa mientras sigue impulsando el mokoro por los dedos del Okavango buscando su camino entre el cambiante laberinto de plantas acuáticas y cañaverales. Pocas palabras, las justas para despertar del letargo hipnótico en el que estoy a punto de caer con el suave tránsito sobre las aguas. El mokoro que partió de Seronga rumbo al campamento en el corazón del delta ha mudado su piel tradicional de madera de ébano o de kigelia por la más moderna fibra de vidrio, pero los polers continúan remando con los mismos gestos y la misma calma que antes. Confío en su experiencia y pericia para no extraviarnos por esa retícula de canales infinitos y para no acabar enbarrancando contra el lomo de un hipopótamo.



Las horas se diluyen soñolientas tumbado en el mokoro dejando que la vida me pase al lado rozando levemente la borda a un nuevo golpe de pértiga de Carlos. Los miles de papiros que pueblan las aguas comienzan a alargar las sombras. La luz y el calor van desvaneciéndose en un color púrpura que antecede a la puesta de sol mientras una pareja de hipopótamos asoman sus orejas minúsculas sobre la superficie del agua y nos miran con cara de pocos amigos. La tarde se despedaza en ondas anaranjadas que cubren de pan de oro todo el delta. Después llegan los rojos encendidos, las llamaradas violentas, y más tarde, la noche profunda cargada de ruidos derramando sobre mi cabeza sus millones de estrellas que inundan las constelaciones hasta hacerlas desaparecer.

(Delta del Okavango, agosto de 2011)




(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

viernes, 31 de mayo de 2013

CABALLOS EN EL DESIERTO (NAMIBIA)



Cerca de la localidad de Aus, dejando atrás los farallones de granito anaranjado, una manada de caballos pasta las míseras hierbas que crecen entre las arenas del desierto en los llanos de Garub. Entre el cielo abierto y las inabarcables extensiones del Namib los perfiles equinos recortados contra el sol configuran una estampa digna del mejor y del peor western.

Caballos, yeguas y potros se acercan a la carretera desde los páramos resecos buscando sin duda algún que otro regalo de los turistas que paran sus vehículos camino de Lüderitz. Y es que los caballos son una auténtica atracción, lo que puede estar en la misma base de su subsistencia. Los caballos de Aus son salvajes a pesar de la docilidad y espíritu gregario que parecen demostrar. Son una rareza entre los kilómetros interminables del desierto namibio que se confunde con el misterio de su origen y sus propias peculiaridades. 

Una manada de caballos salvajes en medio del desierto que no se sabe muy bien de dónde procede y cómo ha conseguido adaptarse a la duras condiciones ambientales. Porque lo cierto es que los caballos no estaban ahí desde mucho antes del comienzo del siglo XX y en tan breve espacio de tiempo han conseguido alterar algunas de su característica morfológicas con más rapidez de lo que se supondría en un proceso evolutivo normal.


Su origen no está nada claro. Varias teorías se manejan al respecto, todas igual de fascinantes. Hay quien dice que provienen de los caballos que la Schutztruppe, el ejército colonial que el imperio alemán mantuvo en Africa Sudoccidental, y que quedaron abandonados tras la retirada de sus colonias africanas. Otros que llegaron a las tierras australes gracias al naufragio de un barco que transportaba caballerías de Europa a Australia apeándose a mitad de trayecto. Finalmente está quien atribuye su origen a los caballos que poseía en estas latitudes el barón Hans-Heinrich von Wolf, propietario del castillo de Duwisib, un personaje digno de una novela y que acabó sus días en el frente del Somme dejando sus posesiones sin amo. Sea como fuere, la colonia de caballos se volvió salvaje y de momentro trota y galopa a sus anchas por las secas llanuras amarillas del Namib capeando el temporal como puede. Sobreviviendo que no es poco.

(Garub, Namib, agosto de 2011)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 19 de marzo de 2013

SUPERVIVIENTE (NAMIBIA)



Allí plantada junto a la pista polvorienta y bajo el frío del invierno austral africano no parecía gran cosa. Unas hojas secas y embrolladas que apenas dejaban entrever una mata mustia y oxidada bajo el sol y los rigores de la intemperie. Pero, sin embargo, ahí mismo, apenas a unos metros de las ruedas del camión y a punto de desaparecer se encontraba un auténtico superviviente, un fósil viviente testigo de épocas remotas y quién sabe con cuántas décadas a cuestas

La welwitschia (Welwitschia mirabilis) constituye el único género de la familia de las Welwitschiacae y es una verdadera rareza que se deja ver de vez en cuando en los páramos del desierto del Namib que se extienden al norte del páis junto a la costa atlántica y en el sur de Angola. Se estima que puede vivir entre 400 y 1500 años aunque algunos ejemplares pueden haber alcanzado los 2000 años de existencia.

Su curioso nombre fue donado por el botánico austríaco Friedrich Welwitsch que la descubrió en 1860, pero entre las etnias locales recibe otras denominaciones no menos curiosas: tumboa, n'tumbo en angoleño, tweeblaarkanniedood en afrikaans, !kharos por los Nama o los Damara, nyanka  por los Damara, khurub por los Nama, onyanga  por los Herero.

Como todas la cosas raras, únicas o inusuales, la welwitschia se encuentra en peligro de extinción a pesar de las muestras de supervivencia y perseverancia que ha demostrado, pero nada es eterno y menos en estos tiempos que corren. Entre la reseca hierba rubia y la tierra árida de los interminables kilómetros del Namib, esta planta milenaria intenta seguir floreciendo a pesar de todo. Dejémosla tranquila y sigamos el camino. 

(Namib, agosto de 2011)


(c) Copyright del texto y de la foto: Joaquín Moncó

jueves, 13 de diciembre de 2012

COMO LA LUZ (NAMIBIA)



Dos lágrimas negras le surcan el rostro afilado en una eterna mueca de tristeza. La piel moteada de sabana se mezcla con el viento entre las briznas de hierba dorada que le rodean. Agazapado, temeroso, casi pidiendo permiso, se oculta entre las frondas observando el mundo con sus ojos de ámbar, esperando el momento de saltar y empezar a correr. Y entonces, se desata el huracán. Breve pero intenso, si no tiene éxito en los primeros instantes la presa a buen seguro se escapará pues nadie, ni siquiera él, puede manterner ese ritmo durante mucho tiempo. Es explosión, es rayo fulminante que desencadena la tormenta, pero enseguida se apaga en una nube pasajera, una ligera lluvia sobre las acacias.

El guepardo (Acinonyx jubatus) no es tigre ni es leopardo, no es león ni es jaguar, único en su género y especie, subsiste en las estepas del sur y el este africano mientras que aparece fantasmalmente en otros lares poco comunes como Irán  (A. j. venaticus) o el Sahel y el sur argelino (A. j. hecki). Fino, elegante, veloz como nadie, de 0 a 100 en un suspiro, resignado a que los matones de la sabana le roben las piezas cobradas, trino en lugar de rugido, fotografía movida, relámpago amarillo, fulgor al sol, como la luz.

(Norte de Namibia, agosto de 2011)








(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 29 de noviembre de 2012

EN CAPILLA (MOZAMBIQUE)



La Capilla de Nuestra Señora del Baluarte (Nossa Senhora de Baluarte) está considerada el edificio europeo más antiguo construido en el hemisferio sur. Ahí es nada. Casi sin llamar la atención, la pequeña capilla encalada se esconde en un rincón al reparo de las altas murallas del Fuerte de San Sebastián mientras que las olas añiles del Índico que rodean la Ilha de Moçambique salpican sus paredes cada vez que rompen contra las rocas.

Por alguna razón el acceso al fuerte estaba cerrado esa mañana pero con un poco de mano izquierda, algunos meticais a trasmano y otro tanto de sonrisas conseguimos colarnos entre los muros de piedra del fuerte más antiguo que se conserva al sur del Sahara y poder visitar el recoleto edificio.

Un pórtico con varias arcadas cobijaba una puerta tachonada de óxido y unos escudos corroídos por el tiempo que daban acceso al interior del recinto. La bóveda blanqueada de varias nervaduras, dicen que uno de los mejores ejemplos del estilo manuelino en África, albergaba apenas un altar iluminado por la luz cruciforme del trópico que entraba por las ventanas. Sencillo pero solemne. Estar allí dentro, casi quinientos años después de su construcción, cuando esa costa swahili apenas era un borrón en los mapas europeos, fue en cierto modo emocionante.



Los intrépidos portugueses, después de haber doblado el Cabo de las Tormentas y superado el Cabo Agulhas, siguieron con la proa al nordeste cabotando la desconocida curva africana hasta llegar a encontrar los vientos que les conducirían a las Indias orientales y, más al norte, a la cultura swahili de bantúes y árabes a la que terminaron sumando su grano de arena. Los portugueses se establecieron en la Ilha en 1507 y en 1522 alzaron la capilla para dar gracias a su dios cristiano en aquella tierra diferente. El fuerte de San Sebastián comenzaron a edificarlo en 1558 y, como la capilla, ha resistido el paso de los siglos, las galernas, los ataques holandeses y la sangrienta guerra civil. Quizás se mantenga en pie otros quinientos años.

A toda velocidad, con un ojo puesto en los militares que por allí rondaban, conseguimos también echar un vistazo al fuerte, sus patios y las frescas cisternas, antes de salir por donde habíamos entrado y volver al sol del Índico medio milenio más tarde.

(Ilha de Moçambique, agosto de 2008)




 (c) Copyright del texto y de las fotos. Joaquín Moncó

martes, 6 de noviembre de 2012

SALVAJES (TANZANIA)



Sin duda alguna fue una mañana con suerte. A veces te vas con las manos vacías y otras con los bolsillos llenos. Y esa mañana en Selous, con el horario apretado antes de coger la avioneta que nos llevaría como en un sueño hasta Dar es Salaam, estaba escrito que iba a ser de afortunados encuentros. Desde el momento en que, al despertar, sobre las sábanas blancas descubrí la presencia ancestral y amenazante del escorpión negro que deambulaba por ellas como por un mar de dunas, intuí que ese día podía ser único, que podía deparar más casualidades, más cruces de miradas furtivas, más intersecciones.

El avistamiento de fauna, como de cualquier otro fenómeno de la naturaleza, requiere altas dosis de paciencia, tenacidad y, sobre todo, de fortuna, pero esa mañana los astros estaban especialmente alineados. El leopardo trepado a la rama más alta del árbol sobre nuestras cabezas y su elegante paseo ante nuestras narices ya colmó todas las expectativas. Después vino la familia de leones, padre, madres, hijos, que nos ignoraron ampliamente mientras se dedicaban a amamantar y a ser amamantados. Y finalmente, cuando el todo terreno ya giraba el volante para regresar al campamento, en un rincón bajo las sombras de las hojas, casi invisibles, mimetizados con la tierra, tuvimos el tercer gran encuentro del día.


Difíciles de ver por lo escurridizos y por tener encima la espada de la extinción, los licaones (Lycaon pictus) se estiraban y solazaban tranquilamente a cubierto del sol abrasador. Bien conocidas son sus técnicas de caza, sus medidas estrategias grupales dignas del mejor general, su ferocidad al despedazar las víctimas, su apetito insaciable al devorarlas aún vivas. Sin embargo, contemplando esos perros allí tirados, rascándose las enormes orejas redondas, revolcándose en el polvo tratando de aplacar la mordedura de los insectos, jugando entre ellos entre gazñidos cómplices, en poco se diferenciaban de los perros del vecino en el jardín trayendo de vuelta palos en la boca. Capaces de engañar a cualquiera. Más perros que hienas, más mansos que salvajes, los licaones escondían a buen seguro bajo el coloreado pelaje curtido de retales diversos la ferocidad y el abismo que los separa de nosotros, la llamada de la selva, the call of the wild dog, el espanto del mito que convirtió a los hombres en lobos.

(Parque de Selous, agosto de 2008)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 18 de octubre de 2012

MALAS PULGAS (ZAMBIA)



Al atardecer la luz sesgada realza el borde anaranjado de los árboles. Una soñolencia gris va surgiendo de la tierra resquebrajada bajo los mopanes y de las telas de araña. Ya queda poco para que las sombras comiencen a ganar la partida y la oscuridad se encienda de ojos brillantes. A esa hora, por alguna razón, el olor espeso de África se acentúa bajo el zumbido de las moscas tse tse que vuelven una y otra vez a cebarse en mis pantorrillas. El aroma dulzón que me acompaña todo el día se azucara aún más con los fulgores de hoguera que arden en el horizonte y prenden de violeta toda la reserva.

Parece que la mejor hora para visitar el río es en este momento, cuando el calor huye de las orillas y un frescor fantasmal se aposenta blandamente sobre la corriente. El otro lado del Luangwa me dicen que se extiende la reserva de caza, que los disparos de las reflex y las lentes de los objetivos se tornan en miras telescópicas y balas de acero. Me pregunto si los animales estarán informados de semejante frontera invisible donde un paso en falso significa el nunca jamás. Mal negocio, para ellos. Los hipidos de las hienas y el ulular de un búho real  me recuerdan de qué lado estoy.


El río se extiende en un meandro ancho de aguas bajas dejando las orillas terrosas a considerable altura. En medio de la corriente, como tortugas enormes o cascos de naufragios, los lomos ovalados de los hipopótamos (Hippopotamus amphibius) asoman con parsimonia en un abigarrado rebaño. Algunos ya trotan por los herbazales próximos adelantando la hora de la cena mientras otros se dedican a abrir las bocas gigantescas como si estuvieran a punto de descoyuntarse mostrando su dentadura destartalada. Las cicatrices en la piel rosada dan fe de las disputas frecuentes. 

El río Luangwa, afluente del poderoso Zambeze, es elegido habitualmente por estos paquidermos de aspecto apacible y humor de perros para reunirse en sus pozas y charcas bajo la mirada condescendiente de los cocodrilos. Los bramidos singulares atronan el aire lento del atardecer mientras las últimas luces huyen despavoridas ante semajante alboroto. Malas pulgas las de estos pesos pesados que ostentan el inesperado record de ser el animal que más muertes humanas provoca en África al cabo del año. Eso sí, con permiso del mosquito.
 
(Parque Nacional de North Luangwa, agosto de 2008)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 11 de octubre de 2012

ESCENAS DE FAMILIA (BOTSWANA)



En el Parque Nacional de Chobe habita una de las mayores concentraciones de elefantes de África (Loxodonta africana), o quizás la mayor, y de eso me doy cuenta nada más llegar. Incluso antes, porque, cuando la avioneta comienza a descender desde las suaves alturas cambiando los colores imprecisos en súbitas mánchas eléctricas, ya veo aparecer las primeras figuras grises junto al borde del agua, siluetas de sombra peculiar que se mueven por parejas o en grupos mayores en cámara lenta mientras balancean sus trompas diminutas desde esa altura, como piezas de ajedrez en un tablero inmenso.

Un recorrido por el río Chobe, afluente del Zambeze, confirma esa impresión. Desde los altos pastos que rodean las orillas, los elefantes desfilan y se contonean como si estuvieran en su casa. Y es que están en su casa. El intruso que no ha sido invitado y que se ha colado en su sala de estar soy yo, pero escudo mi desfachatez en un pasaporte lleno de sellos y unos euros en la cartera. Entre hipopótamos, búfalos, cocodrilos, babuinos, impalas, waterbucks y red lechwes, los elefantes dominan el horizonte en parejas, tríos o familias numerosas que se van acercando lentamente hasta el borde del agua donde nada puede molestarles salvo la nube zumbante de turistas que descargan sus flashes a discreción. Una ducha de arena, un bebé que apenas se tiene en pie mientras su madre trata de enseñarle el paso militar, un relajante baño de barro observados por los ibis sagrados, las garzas y las cigueñas de pico multicolor. 





Y cuando las luces comienzan a apagarse y el aire se tiñe de rojo, una fila de trompas y rabos engarzados como cuentas en un collar se aventura a cruzar el río por donde le viene en gana. Tras un par de intentos y retrocesos, no sea que se nos vayan a ahogar los recién nacidos, por fin la cordada se adentra en las aguas caudalosas dejando en las zonas más profundas apenas asomar la trompa enhiesta sobre la superficie como periscopios desmadejados. Los más pequeños desaparecen casi por completo debajo de tanta agua pero finalmente surgen de nuevo, absolutamente anegados, al otro lado de la corriente sin haber perdido de vista el pariente que llevan por delante. Con las últimas luces, la familia se disuelve mansamente en la neblina que ya envuelve casi todo sin apenas dedicarme un vistazo de desaprobación. Nadie me había invitado.

(Parque Nacional de Chobe, agosto de 2011)





(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó