Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.
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sábado, 8 de febrero de 2014

LLAMARADAS (CIRCO DE GREDOS)



A medida que asciendo a Los Barrerones comienza a clarear. Por el este el cielo palidece y las agujas de los Galayos se recortan contra un fondo de papel anaranjado. Desde la cumbre de La Mira la mañana avanza en rojo y fuego hasta alcanzar el circo de la laguna grande de Gredos.

La noche se escapa más rápidamente que los crampones acuchillando la nieve y enseguida alcanzo el punto donde la huella desciende hacia el hielo. Desde allí, soberbio mirador, se despliega toda la corona de cumbres que encierran el circo como una gran muralla almenada. Las rocas y la nieve, hasta entonces difuminadas en las sombras, de improviso, se inflaman y arden con fuego súbito que arranca destellos dorados de las cumbres. La Cabeza Nevada, la Galana, el Almanzor, todos los monarcas refulgen por unos instantes saludando al amanecer mientras una luz naranja inunda todo el cordal en un baño de estío. Por un momentos las cimas parecen irreales, extraídas de un sueño dulce, como islas de sol flotando sobre un mar frío y oscuro.

Bajando hacia el circo, el cielo se va tornando cada vez más azul y la nieve cada vez más blanca. El fuego se extingue a cada paso y ya sólo quedan ascuas y cenizas. El alba apenas ha durado un suspiro entre la noche y el día.

(Sierra de Gredos, 26 de enero de 2014) 





(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 20 de noviembre de 2012

LAILA (KARAKORUM, PAKISTÁN)



Nada más alcanzar el Gondogoro La, tras los abrazos y felicitaciones, la primera idea es girar sobre los talones para ver el K2 y las otras tres montañas de más de 8000 metros que asoman sobre el cordal de cumbres más cercanas. Pero aún es pronto. El ascenso al collado lo hemos efectuado de noche cuando las sombras ocultan las catedrales de hielo en las que se desmoronan los seracs y las grietas gigantescas que se abren a ambos lados de la huella. Aún no se ha despejado la oscuridad para poder contemplar los perfiles de las cumbres aunque las constelaciones en el cielo, Orión justo encima, tienden a disiparse con el fulgor que surge del este. Casi sin advertirlo, las siluetas de los colosos se van formando sobre un cielo cada vez más pálido y, al mirar al otro extremo, hacia la luz naciente, lo veo por primera vez.


Como una aguja afilada, el Laila Peak perfora el firmamento rosado quebrando el horizonte a la izquierda del glaciar de Gondogoro. Más allá, el valle de Hushe quiere encontrar las tierras más llanas donde los pastos verdean y los ríos se ensanchan, pero allí arriba, la punta de lanza del Laila  atrae todas la miradas convirtiéndose sin discusión en las estrella de esa vertiente. Al otro lado del collado, el K2, el Broad Peak y los Gasherbrum no tienen rival, incluso el Masherbrum insinúa guiños dorados en el amanecer, pero durante el resto de la jornada el Laila será quien acapare el protagonismo. El descenso delicado desde el collado, la larga caminata por la morrena central hasta el verde inesperado del campamento en Hispan, el crepúsculo desatado cuando el frío de la penumbra nos recuerda a qué altura estamos, siempre con el vértice inclinado dominando el horizonte.

Cuando cae la noche y las estrellas asaltan el cielo, antes de cerrar la cremallera de la tienda, observo como las pinzas y la cabeza del Escorpión con el ojo rojo de Antares se elevan inconmensurables justo sobre la punta del Laila.

(Baltistán, Karakorum, agosto de 2012)







 (c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 28 de febrero de 2012

REFLEXIONES DE INVIERNO AUSENTE: BISAURÍN, CARA NORDESTE


Arista y cumbre del Bisaurín (2670 m)

Cuando el invierno se disfraza de triste primavera
Cuando el crudo febrero se viste de mayo tardío
Cuando el frío siberiano se transmuta en calor tropical
Cuando los gorros y los guantes duermen en la mochila
Cuando la pared se tiñe de roca y el hielo en ausencia
Cuando las nieves se filtran entre las piedras y vuelan con el viento
Cuando la cuerda y los hierros no salen de su guarida
Cuando el plan B se convierte en C y de milagro
Cuando el horizonte se abre en sol estival y cientos de almenas
Cuando cada cumbre tiene un nombre y sólo una bajo los pies
Cuando la noche sobre el asfalto y bajo las estrellas es apenas un recuerdo
Cuando aún conservas en la mirada el guiño secreto de Regulus en Leo
Cuando el verano se acerca a pasos de gigante
Cuando las estaciones se voltean y la astronomía fracasa
Cuando las grullas regresan al norte antes de tiempo en bandadas afiladas
Cuando otro invierno pasa y casi no es invierno

(Pirineos, 25 de febrero de 2012) 

Acercándonos al collado de Secús
La cara norte del Bisaurín vacía de nieve y hielo
En la vía normal de la cara NE con el Midi al fondo
Saliendo de la canal hacia el sol
Al fondo: Midi, Palas, Balaitús, Infiernos. En primer plano la punta de las Fetas

(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

SIBERIA INTERRUMPIDA: CORREDOR DE LOS FRANCESES AL ANAYET


Anayet y Corredor de los Franceses

El frío siberiano anunciado en Pirineos daba que pensar. No todos los días se escala con sensaciones térmicas de -20 o -30º, mejor quedarse en casa debajo del edredón con un buen libro. Pero el sol iba a brillar sin más manchas que sus pecas y un cielo despejado no se podía dejar pasar así como así. Buscando las máximas gotas de calor posible optamos por caminar una vía con orientación este que enfrentara y desafiara al sol desde las primeras horas y acabamos en el corredor oriental del Anayet conocido como el Corredor de los Franceses. Una vía a la que normalmente hay que atacarle muy temprano, aún con las sombras como compañeras, en esta ocasión no importó escalarle la piel a plena luz porque de todos modos el mercurio iba a seguir desplomado.

A golpe de raqueta o esquí remontamos el barranco de Culivillas entre nieve polvo hasta desembocar en los ibones invisibles bajo el hielo y los copos. Como nos temíamos el corredor vestía nieve y roca por igual pero aún así nos decidimos a rondarle. Desde la rimaya abierta ya vimos el percal del primer largo de cuerda y nos dedicamos a arañarlo con los crampones hasta pisar la nieve más arriba. En otro largo nos plantamos al pie del paso clave de la vía, uan cascada de hielo a 75º inexistente que se manifestaba como un pulido IV con algo de verglas. César superó el paso magistralmente mientras yo capeaba las bajas temperaturas a la sombra de la reunión. Cuando me tocó a mí encaramarme al caballo de piedra me sucedió lo impensble. Ya estaba a punto de salir a la nieve por encima del resalte cuando con cara de incrédulo contemplé como mi crampón derecho se desataba solo del pie y me decía adiós casi sin despedirse. En varios saltos y rebotes se perdió por el fondo del corredor.

Así las cosas, la actividad terminó a mitad de camino. No había más cuentas que hacer. Destrepar el resalte, esperar al compañero y en varios rápeles con un crampón deslizarnos por las cuerdas hasta pie de via. Regreso al punto de partida. El retorno hasta el coche se hizo eterno penando entre oleaje de polvo blanco mientras la noche nos iba dando caza.

Para rematar la faena, el coche, abandonado y solitario en el aparcamiento a 15º bajo cero, se negó a arrancar de puro enfado dejándonos varados en medio de la oscuridad. Hubo que pedir refuerzos y casi llamar al ejército para sacarlo de allí.

(Pirineos, 11 de febrero de 2012)

Escalando el primer largo
Vista hacia abajo desde la reunión
Escalando el paso clave de roca de IV

(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó 

miércoles, 18 de enero de 2012

ALPINISMO HEXAGONAL: CORREDOR NORTE A LA PUNTA ESCARRA



A veces los inviernos no son lo que parecen. O parecen lo que no deberían ser. Enero sin nieves, ni hielos, ni fríos, no es enero. Algo anda torcido en los aires y en las nubes, en la salud del planeta que anda con fiebre y el termómetro en la boca. Los Pirineos al estrenar el año parecen los de comienzos del verano, más roca que blanco, más marrón que nieve. Y no se le conoce fecha de caducidad. El anticiclón atroz lleva semanas sentado a sus anchas sobre Francia y Bretaña la Grande y no hay manera de hacerle levantar. Esperemos que cambie de opinión pronto y plante sus reales por otras latitudes porque esto puede acabar mal.



Aún así el deseo animal es más fuerte que el intelectual y siempre se puede encontrar un pan para hacer unas tortas. Y buscando se encuentra, en el último un rincón de la canal de Izas, oculto por las sombras de los hierros y gritos de colores de las pistas de Formigal, con la inclinación y anchura justa para lucir buenas condiciones y dejar de piedra los largos de cuerda superiores a la cima. El corredor norte de la Punta Escarra se deja subir entre paredes de roca roja y resaltes descubiertos que convierten la línea recta en ondulada, tensando los gemelos en algunos tramos y ofreciendo una hermosa salida en puntas de crampones.  Al otro lado  el sol ilumina el ibón de Ip con su Pala poderosa y las faldas de encaje de la Collarada. La muralla puntiaguda se alza a la izquierda pero el sol desciende demasiado deprisa como para enredarse entre cuerdas. La luz huye y es mejor destrepar con cuidado la huella dura de subida que nos castiga cara a la pared mientras los minutos vuelan.


De regreso en el collado de Izas nos atrapa la noche que nos arroja millones de estrellas sobre la cabeza, varias constelaciones y el sobrecogedor hexágono de invierno. Rigel, Sirio, Procyon, Cástor-Pollux, Capella y Aldebarán encerrando en su poliedro plateado la figura imponente del arquero y cazador nocturno. El día incompleto a cuatro largos de la cumbre y del humor entrecortado se transforma en noche rotunda, matemática, infinita, que todo lo cura.

Debajo de una Andrómeda tímida junto a la W de Cassiopea, un punto difuso a simple vista esconde la espiral hermana y devoradora de la galaxia gemela.

(Pirineos, 14 de enero de 2012)



(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó

viernes, 1 de julio de 2011

EN EL FILO: ARISTA OESTE DEL TXINDOKI Y ARISTA NE DE PEÑA EZKAURRE



Unos días de fiesta, una huida del infierno abrasador de la ciudad en el mes de junio en busca de las sombras frescas del norte. Primera parada en las verdes campas guipuzcoanas donde el txirimiri nos recibe nada más llegar haciéndonos notar que allí el fuego no quema tanto como en el averno. Por la mañana, desde Larraitz emprendemos el camino cuesta arriba entre nieblas y ovejas, vacas color canela campo a través ignorando las senda, siempre hacia arriba hasta llegar a pie de arista. El Txindoki, cumbre mítica para mí por muchos aspectos, sigue entre velos negándose a mostrar su rostro, pero los brillantes valles y pueblos del Goiherri comienzan a lucir sus mejores galas allá abajo. Incluso a lo lejos, entre brumas y espejismos, se intuye el mar.


A lomos del Larrunarri nos encaramamos a la arista con pies de gato y dedos tiesos por el frío. La caliza resbala jabonosa en el primer diedro de IV hasta que abandonamos la sombra y el sol nos recibe con los brazos abiertos. La chimenea de III repta sobre el abismo y más adelante la placa de IV se alza como una frontera. El último largo de IV+ chorrea agua y miedo pero con maña, fuerza y acrobacias queda atrás. A partir de entonces las cuerdas vuelven a la mochila, las botas a los pies y la sangre al corazón, todo se convierte en un paseo gozoso por la espalda de piedra herbosa rodeados del mar verde e inmenso de Aralar.



De oca a oca y esa misma noche dormimos en Zuriza. Cambio de tercio en las primeras cumbres del Pirineo. Un día de sol de justicia nos queda por delante surcando la proa prehistórica que dibuja la arista Nordeste de Peña Ezkaurre. El calor aprieta y el agua desaparece como por ensalmo. Pies, manos y cuerdas se confunden entre los paños grises de la montaña por donde crece la hierba en cualquier resquicio. El paso de IV se disfruta y da por finalizada la escalada, pero no la aventura, que no ha hecho más que empezar. Las horas avanzan rápidamente por la cuerda del rápel, los cantos afilados, las piedras sueltas, las malas hierbas, la sombra inexistente e imposible hasta que el cielo lo inunda todo y la ancha cumbre me rodea.
  
(Txindoki y Peña Ezkaurre, 24 y 25 de junio de 2011)





(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó

martes, 7 de junio de 2011

OLA HELADA




Cabalgando en la ola helada
en un instante detenido del tiempo
como en un cuadro japonés
donde cada cristal es un laberinto infinito
de espacio y de electrones
en la punta de mis pies y de mis dedos
fotones petrificados
que convierten en polvo el horizonte
en duda sólida azul
en agua lenta donde me disuelvo




********

FROZEN WAVE

Riding the frozen wave 
in an stopped moment of time 
like in a Japanese painting 
where each crystal is an infinite maze 
of space and electrons 
at the tip of my toes and my fingers 
petrified photons 
turning the horizon into dust 
into solid blue doubt 
into slow water where I dissolve


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

viernes, 3 de junio de 2011

EN LA TELARAÑA: CORREDOR JORDI SOLÉ AL PICO RUSSELL



fino hilo azul que se quiebra
el invierno se deshace en primavera
la sombra se convierte en luz
la noche sideral en vigilia
tres por uno en la fisura
de uno en uno por la grieta
a caballo de la piedra y el hielo
estrecho camino al sol
clavos en el agua dura
piedras frías en la tripa
la cuerda que rasga el alba
los pies que arañan la tierra
roca seca descompuesta
lluvia negra de montaña
con los pies y con las manos
por la vieja telaraña
remontando el espinazo
asaltando la muralla
entre bombas y explosiones
hasta el final de la línea
que se quiebra en un instante
al borde invisible de la niebla
donde termina la materia
y el vacío se avalanza en oleadas
huellas blancas sin respuesta
buscando el regreso a casa
por paredes de sal y  azúcar
que se rompen en estrellas
entre nubes y saliva
el aire se torna suelo
donde comienza la vuelta

(Pico Russell, Pirineos, 28 de mayo de 2011)





(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 2 de junio de 2011

POR LA PUERTA DE ATRÁS: CORREDOR ESTASEN AL ANETO


Corredor Estasen al Aneto desde el collado de Coronas

El Aneto hay que subirlo, si no todos los años, al menos de vez en cuando. Y podemos elegir una manera diferente de encarmarnos a su corona de monarca del Pirineo en cada intento. Ya sea por la vía normal de la Renclusa y los Portillones atravesando su cada vez más escuálido glaciar, con los esquíes en los pies desde Aigualluts, por el la hermosa vertiente de los ibones de Coronas y su collado, escalando el lomo erizado a algunas de sus aristas como la de Llosás o la enorme Salenques-Tempestades o, como elegí en los últimos coletazos de mayo, colarse por la puerta de atrás que abre el elegante corredor Estasen.

Aunque el verano amenaza en las tierras bajas y el mercurio ya flirtea de manera habitual con las marcas altas del termómetro, en el país de la montaña la primavera campa aún a su antojo paseando sus flores y su verdor por los valles y  lomas. Y en el reino de las alturas, cerca delos 3000 metros, el invierno aún se agarra con dedos fieros a las rocas. Los lagos siguen convertidos en piedra mientras que la nieve aún se acumula en los collados aguardando a que le llegue su hora. El Estasen luce magnífico todavía en esas fechas e invita a escalarlo hasta la misma cruz del Aneto. 

Flanqueado a su derecha por la quebrada arista de Llosás, el corredor se desliza zizagueando en una amplia pala nevada que paso a paso nos acaba izando a la espalda del rey, terminando en un colladito nevado sobre la arista. Para animar la jornada, tomamos una variante más estrecha y empinada que se encarama junto a la aguja Daviu y que alguien bautizó como Petit Black. Desde su salida, un paseo vertiginoso sobre el final de la cresta nevada y una trepada a cuatro manos nos lleva a la cima del Aneto bajo unas nubes cada vez más oscuras y ominosas. Ya sólo queda cruzar el puente insólito que forma el Paso de Mahoma y alcanzar el collado de Coronas para regresar a los cuarteles. Como despedida, el cielo se abre en el descenso regalándonos rayos, truenos y espesas gotas de lluvia.

(Pirineos, Aneto, 21 de mayo de 2011) 

Aneto desde los ibones de Coronas
Subiendo por el corredor
A caballo de la arista a la salida del Petit Black
Terminando la arista de Llosás camino de la cima


(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó

jueves, 3 de marzo de 2011

INTEMPESTIVO: CORREDOR OESTE AL PICO SERRATO



Lo más duro fue llegar hasta la base del corredor. Las luces en la frente iluminaron nuestros primeros pasos dejando en sombras los terrores y horrores del Balneario de Panticosa. Al pie de la Cuesta del Fraile ya clareaba y las placas de hielo resbaladizas, en las que había que tener buen ojo para no acabar en el fondo del arroyo, dieron paso a la continuidad de la nieve. Las señales de alerta marcaban los límites del terreno propenso a aludes, abundante en esa zona del Pirineo invernal, pero esta temporada las pocas precipitaciones habían dejado el riesgo en números bajos. Las obras del nuevo refugio en la presa del ibón de Bachimaña sirvió de primera parada para contemplar las aguas heladas donde las islas quebraban la costa en témpanos abstractos. Y también para buscar la mejor ruta de ascenso hasta un pico poco transitado y de escasa huella. Utilizando la línea recta ganamos altura por cuencas y lomas de nieve venteada y gozosamente dura donde los temores de hundirnos hasta la cintura quedaron en el recuerdo. El tiempo se fue escapando sin poder evitarlo y al llegar a las raíces de la montaña elegida el horario había saltado por los aires.

Hasta que no embocamos el embudo del corredor no pudimos contemplarlo. Su orientación oeste ayuda a mantener las condiciones y a ocultar su filo a miradas ajenas. Quizás demasiado breve para tan ardua aproximación. Una rampa de unos 45º grados de media con un par de resaltes helados al comienzo donde las rocas se estrechan a unos 60º de inclinación. El resto una rampa de nieve dura donde los crampones no querían entrar del todo. Escalamos al sol hasta la arista cimera donde volvía  empinarse un poco más entre pasteles de nata y de ahí al vértice. El horizonte se ensanchó de golpe en un soplo de aire azul. A una mano la línea de tresmiles del Argualas, Garmo Negro, Infiernos, Gran Facha y Balaitús. A la otra, el macizo omnipresente de Vignemale y la gran norte de Gavarnie que discurre desde los Astazous al trapecio del Taillón y los Gabietos.

El regreso también fue diluyendo el día en nubes turbias que se apresuraron a enredarse en las cumbres y más abajo. Cuando quise llegar al comienzo del viaje, la luz  hacía tiempo que había vuelto a brillar sobre la frente apenas espantando las sombras.

(Pirineos, 12 de febrero de 2011)







(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó