Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.
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viernes, 8 de agosto de 2014

PIRATAS REVENTONES (ISLAS GALÁPAGOS)



En las Galápagos los piqueros de patas azules para mí son las estrellas emplumadas, pero hay otro pájaro, más pérfido y rufián, que rivaliza con mi amigo danzarín tanto en el estrellato como por el sustento.

En la apabullante isla de Seymour Norte es imposible dar un paso sin toparte con un animal. Sorteando iguanas y lobos marinos, el camino se interna entre los árboles en un laberinto de sal y calor donde el ala del sombrero apenas me protege de la tonelada de sol que cae a plomo sobre la isla. Allí mismo, al alcance de la mano, los plumajes negros de las fragatas pueblan las ramas. En un instante se me acaban los dedos para contar todas las que veo en un rincón. Polluelos de cabeza blanca o anaranjada, hembras a su vera y los espectaculares machos en plena exhibición.

Como sucede con el baile nupcial del piquero de patas azules, el cortejo de la fragata también es memorable. El buche carmesí comienza a hincharse hasta alcanzar un tamaño desproporcionado que amenaza con reventar. Los machos disputan entre sí arqueando el cuerpo y dislocando la cabeza para mostrar a las damas que su enorme globo aerostático rojo es el más impresionante. Los cloqueos llenan el aire mientras despliegan las alas de sombra que brillan bajo el sol en destellos azabache. Las bolsas coloradas se tensan alrededor como extrañas flores carnívoras esperando atrapar a su presa.





Mientras, en el azul del cielo, se recorta su forma afilada de tijera aguardando el momento del ataque. Las fragatas no cazan sino que son unas piratas redomadas que se dedican a robar el pescado a los demás. Especialmente el piquero sufre los ataques de estos bandoleros cuando, al poco de haber pescado una pieza, la fragata se arroja sobre él atrapándole por la cola y zarandeándole hasta que la pobre víctima no tiene más remedio que soltar la presa, la cual el pirata recoge en el aire como un rayo antes de que caiga al agua. Quizás le diera menos trabajo pescar sus propios peces pero yo creo que está en su carácter,  son los matones del barrio, el que es malo es malo.

En las islas Galápagos vuelan dos subespecies de fragatas, la fragata real (Fregata magnificens) y la fragata común (Fregata minor ridgwayi) cuyos machos apenas se diferencian salvo por un reflejo púrpura o verdoso en el plumaje negro de la espalda. Las hembras son también prácticamente idénticas a excepción del círculo azul o rojo  que enmarca el ojo. Los polluelos son más fácilmente identificables con su cabeza blanca o anaranjada respectivamente.

En la isla San Cristóbal las fragatas son llamadas tijeretas por la forma de su cola, aunque el nombre se ha extendido sobre las aguas a las demás islas.

(Isla Seymour Norte, octubre de 2013)






(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

sábado, 22 de marzo de 2014

LA VACA QUE LLORA (TASSILI, ARGELIA)



Según la leyenda local que arrastra arenas ancestrales, la vaca llora porque es sabia y atisba detrás de las dunas el futuro que le espera. El desierto avanza, la desolación gana terreno y en poco tiempo el agua y los pastos no serán más que un espejismo sin palmeras.

La vaca que llora en realidad son tres que vierten una gruesa lágrima por su ojo derecho al tiempo que echan una mirada de auténtica conmiseración. Tal vez no sea lágrima ni llanto pero la tradición se ajusta perfectamente al gesto atemorizado de las vacas. Sus finos e interminables cuernos se alargan en varias direcciones afilando aún más su estrecho rostro que parece querer escaparse de la piedra. Allí, atadas a un enorme torreón doble de roca, rodeadas de arenas cada vez más amenazantes, las tres reses comparten rebaño con otras esculpidas en otro risco vecino y se vienen a sumar a la gran cabaña vacuna que brota por innumerables piedras del Tassili esperando que regresen los pastores que antaño las guiaron entre hierbas ya inexistentes.

De regreso a Djanet, tras una semana extraviado entre arenas y pinturas imposibles, un lienzo de espejismos plateados en el horizonte me condujo hasta Terghargert donde las tres vacas lloran sin consuelo sin saber a ciencia cierta por qué. Tal vez gota a gota, lágrima a lágrima, consigan resucitar las aguas del río que el mito y la historia secaron.

(Tassili, diciembre de 2012)




 
(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

miércoles, 12 de febrero de 2014

PATAS AZULES (ISLAS GALÁPAGOS, ECUADOR)



Una de las aves más graciosas que conozco es el piquero de patas azules (Sula nebouxii excisa) que habita en las excepcionales Islas Galápagos. Esta subespecie endémica de estas islas, con algún pariente en la costa sudamericana, es un tipo de alcatraz muy particular que recibe el nombre autóctono de piquero y que los británicos denominaron booby a causa de su mansedumbre rayando con la simpleza cuando se toparon con ellos en sus desembarcos del siglo XVIII. Los marinos se sorprendían al comprobar que estas aves no huían en su presencia y les resultaba extremadamente fácil cazarlas. Los pobres piqueros, como cualquier otra especie de las islas, no conocían las malas intenciones de los humanos y campaban a sus anchas por los islotes sin depredador alguno al que temer entonces.

Hoy en día es posible tener encuentros igual de cercanos con los piqueros aunque en diferentes circunstancias. La protección a la que se somete a las especies endémicas de la Galápagos, así como no ser presa de otros animales, supone que sea igualmente sencillo acercarse a distancias muy cortas de estas aves que en ningún momento dan muestra del más mínimo interés ni inquietud por los bípedos desmañados que les rodean cargados de cámaras y de objetivos.




En mi paseo por la isla de Seymour Norte los piqueros de patas azules fueron las estrellas de la mañana, aunque los buches rojos a punto de estallar de las fragatas rivalizaron en asombro. Tres especies de piqueros aletean por las Galápagos: el singular piquero de patas rojas (Sula sula websteri), el bello piquero enmascarado o de Nazca (Sula granti) y el inimitable piquero de patas azules.
El peculiar color vivo de sus patas y pico llama la atención nada más verlo pues esas patas tan azules parecen pintadas a pincel. En sus movimientos hay algo de elegancia y torpeza, como una modelo a punto de tropezar en la pasarela. Y en su mirada un brillo que puede ser pura estulticia o mera condescendencia.
 
Pero lo que estaba esperando ver en Seymour Norte mientras el sol ecuatorial me iba aplastando poco a poco era el genuino baile del cortejo. Como parte de una coreografía ensayada durante generaciones, el piquero macho trata de convencer a la hembra de grandes pupilas de sus magníficas dotes y del arrebatador color de sus patas. Con el pico hacia el cielo, va levantando sus patas alternativamente mientras danza alrededor tratando de conquistarla. A veces la hembra cae cautivada por el embrujo de ese azul de mar y otras le ignora absolutamente dedicándose a mirar a otros rivales. El conjunto del cortejo es desternillante y bien merece un viaje hasta las Galápagos.

La misma aparente torpeza que pueden mostrar los piqueros en tierra se convierte en gracia y agilidad en el aire cuando, como misiles a reacción, se arrojan de cabeza contra al agua para surgir pocos segundos después con un un pez en el pico. Buena caza salvo que la fragata ande cerca y se lance al abordaje.

(Seymour Norte, Islas Galápagos, octubre de 2013)






(c) Copyright del texto y de las fotos:  Joaquín Moncó




sábado, 8 de febrero de 2014

JIRAFAS EN EL SAHARA (TASSILI N'AJJER, ARGELIA)



En el fondo de la cueva dormía una jirafa. Recostada sobre sus patas, con su largo y esbelto cuello alargado, me saludó agitando sus interminables pestañas. Las manchas rojas saltaban desde su piel canela y, con una mirada cómplice, esbozaba una sorprendente sonrisa. Parecía absolutamente viva, a punto de alzarse sobre sus delgadas patas y echar a correr contra la brisa. Pero no pudo moverse porque la jirafa no era real sino que estaba pintada sobre la pared de la cueva.



Esa fue la primera de la muchas jirafas que pude encontrarme en mi periplo por las arenas y rocas del desierto del Tassili N'Ajjer, en el fondo de Argelia, donde las fronteras con Libia, Mali y Niger se funden en un océano petrificado. Los diferentes macizos, como fortalezas lunares, alzan sus murallas en medio de las arenas saharianas donde esconden tesoros resguardados del tiempo. Desde que Henri Lhote las sacara a la luz, las pinturas rupestres del Tassili no han dejado de asombrar y de provocar intensos debates y hasta las más fantásticas teorías. Pero lo que sí demuestran es que, hace miles de años, donde ahora se extienden esos desiertos desolados, crecían entonces fértiles tierras inundadas por ríos y lagos donde abundaba una fauna propia de la sabana y donde florecían pueblos ahora olvidados.

Sin llegar a subir hasta la elevada meseta de Jabbaren dode aguardan los gigantes, en el Tassili Tadrart ya es fácil encontrarse en las paredes o al abrigo de las cuevas, con jirafas, elefantes, leones, bisontes o hipopótamos que observan desde los pozos del tiempo como si nunca se hubieran ido. La erosión del desierto ha sido inclemente con las pinturas que a duras penas resisten el embite en el fondo de las grutas o a cubierto de bóvedas de piedra, pero aún es posible maravillarse con las estilizadas líneas que dibujan el contorno de las jirafas, la mano maestra que trazó con tanta habilidad las gráciles patas y cuellos, que reflejó con tanto detalle su perfil efímero.

En las paredes de roca las tallas resisten mejor la erosión y brillan al sol como recién esculpidas. Entre enormes paquidermos y restos de escritura, tres hermosas jirafas parecen querer escapar de la piedra y trotar por los cañones en busca de un río.

Muchas cosas me conquistaron en el Tassili. Como sus jirafas.

(Tassili Tadrart, diciembre de 2012)






(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

viernes, 5 de julio de 2013

SANTO GRIAL (MALDIVAS)



Para muchos es el Santo Grial de los mares, el pez que todo buceador o practicante de snorkel desea encontrarse y nadar junto a él. Quizás porque es el pez más grande que navega por los océanos, por su bella estampa de piel estrellada como la noche, por su calma soñolienta que apenas altera el aleteo solemne de su cola.

Las Islas Maldivas son un buen lugar para tentar a la suerte de toparse con el tiburón ballena (Rhincodon typus) pero, como en cualquier otro asunto de la Naturaleza, ya sean animales o fenónemos meteorológicos, es precisa una buena dosis de fortuna, por no hablar de paciencia y buen ánimo.

En mi caso la fortuna llamó a mi puerta con aldabonazos muy sonoros. Tres zambullidas en las transparentes aguas maldivas al sur del atolón de Ari y tres primeros planos con unos tiburones ballena  de tamaño considerable. El último, el más grande, me pasó por debajo en dos ocasiones a una distancia mínima que me permitió observar su paso interminable como un tren de mercancias bajo mis aletas pero tan majestuoso como un eclipse de luna. Después se disolvieron en el océano sin que pudiera apenas seguirlos dejando sólo un rastro de burbujas y unas fotos muy movidas.

Perceval no consiguió su Grial pero yo tenía el mío.

(Ari Atoll, marzo de 2013)










(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

viernes, 31 de mayo de 2013

CABALLOS EN EL DESIERTO (NAMIBIA)



Cerca de la localidad de Aus, dejando atrás los farallones de granito anaranjado, una manada de caballos pasta las míseras hierbas que crecen entre las arenas del desierto en los llanos de Garub. Entre el cielo abierto y las inabarcables extensiones del Namib los perfiles equinos recortados contra el sol configuran una estampa digna del mejor y del peor western.

Caballos, yeguas y potros se acercan a la carretera desde los páramos resecos buscando sin duda algún que otro regalo de los turistas que paran sus vehículos camino de Lüderitz. Y es que los caballos son una auténtica atracción, lo que puede estar en la misma base de su subsistencia. Los caballos de Aus son salvajes a pesar de la docilidad y espíritu gregario que parecen demostrar. Son una rareza entre los kilómetros interminables del desierto namibio que se confunde con el misterio de su origen y sus propias peculiaridades. 

Una manada de caballos salvajes en medio del desierto que no se sabe muy bien de dónde procede y cómo ha conseguido adaptarse a la duras condiciones ambientales. Porque lo cierto es que los caballos no estaban ahí desde mucho antes del comienzo del siglo XX y en tan breve espacio de tiempo han conseguido alterar algunas de su característica morfológicas con más rapidez de lo que se supondría en un proceso evolutivo normal.


Su origen no está nada claro. Varias teorías se manejan al respecto, todas igual de fascinantes. Hay quien dice que provienen de los caballos que la Schutztruppe, el ejército colonial que el imperio alemán mantuvo en Africa Sudoccidental, y que quedaron abandonados tras la retirada de sus colonias africanas. Otros que llegaron a las tierras australes gracias al naufragio de un barco que transportaba caballerías de Europa a Australia apeándose a mitad de trayecto. Finalmente está quien atribuye su origen a los caballos que poseía en estas latitudes el barón Hans-Heinrich von Wolf, propietario del castillo de Duwisib, un personaje digno de una novela y que acabó sus días en el frente del Somme dejando sus posesiones sin amo. Sea como fuere, la colonia de caballos se volvió salvaje y de momentro trota y galopa a sus anchas por las secas llanuras amarillas del Namib capeando el temporal como puede. Sobreviviendo que no es poco.

(Garub, Namib, agosto de 2011)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

miércoles, 8 de mayo de 2013

ESCENAS DE CAZA (MALDIVAS)



Los escualos negros asoman sobre la superficie turquesa de la playa. Cortan el agua como una cuchilla afilada sin llegar a sumergirse. La mancha oscura que construye el banco de peces se encoge, se divide, se transforma como un ser vivo autónomo que late sobre el fondo arenoso. El atávico ritual de la caza está en marcha. Los tiburones acosan en una danza perfectamente ensayada a los inermes peces que deambulan por el agua sin escapatoria posible. Hora de merendar.

La escena podría tener lugar en alta mar donde los enormes tiburones acechan a las inmensas bolas de peces hasta diezmarlas sin compasión en un violento frenesí. Pero en esta ocasión la naturaleza nos ofrece un espectáculo en miniatura. En el mismo borde de una paradisíaca playa de las Maldivas, las pequeñas crías de tiburón de arrecife de puntas negras (Carcharhinus melanopterus) aprenden a cazar con un reducido banco de infelices pececillos. Los diminutos escualos, perfectamente formados a pesar de su tamaño, ensayan las tácticas de acoso y derribo que a no mucho tardar tendrán que desarrollar en el escenario real. Pronto llegará su momento.

(Vilamendhoo, marzo de 2013)




(c) Copyright del texto:  Joaquín Moncó
(c) Copyright de las fotos: Olatz Mendiguren

jueves, 13 de diciembre de 2012

COMO LA LUZ (NAMIBIA)



Dos lágrimas negras le surcan el rostro afilado en una eterna mueca de tristeza. La piel moteada de sabana se mezcla con el viento entre las briznas de hierba dorada que le rodean. Agazapado, temeroso, casi pidiendo permiso, se oculta entre las frondas observando el mundo con sus ojos de ámbar, esperando el momento de saltar y empezar a correr. Y entonces, se desata el huracán. Breve pero intenso, si no tiene éxito en los primeros instantes la presa a buen seguro se escapará pues nadie, ni siquiera él, puede manterner ese ritmo durante mucho tiempo. Es explosión, es rayo fulminante que desencadena la tormenta, pero enseguida se apaga en una nube pasajera, una ligera lluvia sobre las acacias.

El guepardo (Acinonyx jubatus) no es tigre ni es leopardo, no es león ni es jaguar, único en su género y especie, subsiste en las estepas del sur y el este africano mientras que aparece fantasmalmente en otros lares poco comunes como Irán  (A. j. venaticus) o el Sahel y el sur argelino (A. j. hecki). Fino, elegante, veloz como nadie, de 0 a 100 en un suspiro, resignado a que los matones de la sabana le roben las piezas cobradas, trino en lugar de rugido, fotografía movida, relámpago amarillo, fulgor al sol, como la luz.

(Norte de Namibia, agosto de 2011)








(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 6 de noviembre de 2012

SALVAJES (TANZANIA)



Sin duda alguna fue una mañana con suerte. A veces te vas con las manos vacías y otras con los bolsillos llenos. Y esa mañana en Selous, con el horario apretado antes de coger la avioneta que nos llevaría como en un sueño hasta Dar es Salaam, estaba escrito que iba a ser de afortunados encuentros. Desde el momento en que, al despertar, sobre las sábanas blancas descubrí la presencia ancestral y amenazante del escorpión negro que deambulaba por ellas como por un mar de dunas, intuí que ese día podía ser único, que podía deparar más casualidades, más cruces de miradas furtivas, más intersecciones.

El avistamiento de fauna, como de cualquier otro fenómeno de la naturaleza, requiere altas dosis de paciencia, tenacidad y, sobre todo, de fortuna, pero esa mañana los astros estaban especialmente alineados. El leopardo trepado a la rama más alta del árbol sobre nuestras cabezas y su elegante paseo ante nuestras narices ya colmó todas las expectativas. Después vino la familia de leones, padre, madres, hijos, que nos ignoraron ampliamente mientras se dedicaban a amamantar y a ser amamantados. Y finalmente, cuando el todo terreno ya giraba el volante para regresar al campamento, en un rincón bajo las sombras de las hojas, casi invisibles, mimetizados con la tierra, tuvimos el tercer gran encuentro del día.


Difíciles de ver por lo escurridizos y por tener encima la espada de la extinción, los licaones (Lycaon pictus) se estiraban y solazaban tranquilamente a cubierto del sol abrasador. Bien conocidas son sus técnicas de caza, sus medidas estrategias grupales dignas del mejor general, su ferocidad al despedazar las víctimas, su apetito insaciable al devorarlas aún vivas. Sin embargo, contemplando esos perros allí tirados, rascándose las enormes orejas redondas, revolcándose en el polvo tratando de aplacar la mordedura de los insectos, jugando entre ellos entre gazñidos cómplices, en poco se diferenciaban de los perros del vecino en el jardín trayendo de vuelta palos en la boca. Capaces de engañar a cualquiera. Más perros que hienas, más mansos que salvajes, los licaones escondían a buen seguro bajo el coloreado pelaje curtido de retales diversos la ferocidad y el abismo que los separa de nosotros, la llamada de la selva, the call of the wild dog, el espanto del mito que convirtió a los hombres en lobos.

(Parque de Selous, agosto de 2008)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó