Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.
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miércoles, 19 de diciembre de 2012

ESCALERA DE CRISTAL (ISLANDIA)



¡Ojo que resbala!

Los crudos días de invierno que cayeron en Islandia dejaron la isla tapizada de blanco y el agua convertida en cristal. Sólo los flujos más poderosos se libraban de la solidificación y conseguían mostrar el estado líquido ante el desplome de las temperaturas y los vientos árticos.

La cascada de Sjélalandfoss en la costa sur luchaba por mantener parte de su caudal sin petrificarse pero todo a su alrededor era puro vidrio y nata. Los peldaños que conducen al verde camino por detrás del chorro que se despeña desde las alturas apenas aparecían entre la nieve y el hielo, como una escultura moderna que remedase lo que debería ser una escalera. Aún así, conseguí encaramarme a ella con mucho cuidado agarrado tenuemente a los copos y carámbanos a riesgo de irme hasta abajo al menor resbalón. Lo de continuar por el sendero helado tras la cascada en esas condiciones lo dejé para los temerarios.

(Sjélalandfoss, diciembre de 2011)





(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 28 de agosto de 2012

EL MÁS LARGO (ISLANDIA)



No es la montaña más alta del mundo pero seguro que está en la lista de las que tienen el nombre más largo y enrevesado. El Havannadalshnúkur, con sus modestos 2109 metros, es la cima más alta de Islandia, aunque como se eleva prácticamente desde el nivel del mar, su belleza y esplendor en invierno son las mismas que si midiera varios miles más de metros.

El frío intenso de diciembre me permitió contemplarlo casi en solitario en el Parque Nacional del Glaciar Vatnajökull del que se derraman sin descanso otras lenguas glaciares que rodean a la montaña, como el Skaftafelsjökull y el Svinafelsjökull. La luz horizontal del breve sol de invierno tiñó de oro el enorme merengue antes de que la noche gélida convirtiera el aire en cristal.

(Parque Nacional de Vatnajökull, diciembre de 2011)








(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 24 de abril de 2012

DESOLACIÓN (ISLANDIA)



La quietud y el silencio del tiempo,
del agua y del espacio,
el color vacío del viento,
la línea detenida
que divide el cielo
en dos inviernos.


(Islandia, diciembre de 2011)









(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 19 de abril de 2012

PLAYA EN BLANCO Y NEGRO (REYNISFJARA, ISLANDIA)

 

Una playa en blanco y negro.
De aguas de acero y olas chirriantes.
De arena oscura y arena helada.
De piedras pulidas como pastillas de jabón.
De arcos sin puerta.
De trolls convertidos en piedra jugando con el agua.
De tubos de órgano soplados a pleno pulmón.
De guantes, gorros y bufandas.
De dedos entumecidos y narices rojas.
De gritos y alas de gaviotas.
De frío intenso y ojos como platos.
De viento sólido que porta noches de luces verdes.
Una playa de bañadores olvidados.

(Reynisfjara y Dirhólaey, diciembre de 2011)






(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

miércoles, 28 de diciembre de 2011

ESTATUAS (ISLANDIA)



 Islandia, como Alaska, es agua.

Glaciares interminables se desparraman a sus anchas por las isla llenando el vaso de cubitos de hielo y nada de licor. Las lenguas desdentadas se desmoronan sobre la costa creando ríos ondulantes que, en muchas ocasiones, se precipitan al vacío en saltos vertiginosos padres del trueno y del arcoiris. Los icebergs navegan sin vela por las bahías sembrándolas de ovejas blancas hasta que son devoradas por el lobo feroz del mar insaciable. El agua brota impetuosa desde la entrañas de la tierra disparada al cielo por mil cañones de fuego y pólvora. Los lagos sueñan con ser espejos en las llanuras tiñendo de azogue los pastos. También agua a 40º C de color turquesa que humea placer sin parar. Y finalmente el océano inconmensurable que se acerca y aleja con una respiración lenta, a veces tos (vio)lenta, que se deshace en olas grises sobre las playas.

Pero en invierno el agua se convierte en piedra. La isla se torna blanca cubierta por millones de copos de agua con forma de estrella y el tiempo se detiene, se solidifica. Los ríos crujen, los lagos desaparecen, la tierra se hace mar y las cascadas dejan de ser para simplemente estar. Estatuas de diamantes blancos atrapadas bajo la luz inocente del sol .

(Islandia, diciembre de 2011)








(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 27 de diciembre de 2011

EXPLOSIONES (ISLANDIA)


A pesar de que el sol aún cuelga sobre el horizonte, allá rozando la línea de acero del océano gris, el termómetro se desploma sin contemplaciones. Las pocas horas de luz tímida, tenue, no sirven para calentar la tierra blanca y helada. El invierno aquí es de los de verdad, como si en lugar de a nivel de mar estuviera permanentemente pisando cumbres nevadas. Sacar las manos de los guantes es ya una proeza saldada con dolor cuando la sangre vuelve a los dedos. 15 grados bajo cero quizás. Pero hay que aguantar estoicamente esperando la presencia programada a la cita. Ese charco hirviente que no cesa de humear, ese caldo de mala sopa que emite burbujas y gorgotea inquieto, en breves minutos se convertirá en un espectáculo explosivo.

El legendario Geysir, que ha dado nombre a todas las erupciones de aguas termales del mundo, por desgracia ya no escupe su salivazo ardiente y desmesurado. Dicen que de tanto echarle jabón y otras salvajadas para que el salto fuera más fiero. Una pena porque la altura alcanzada era apabullante. Al menos nos queda a su lado su fiel hermano Strokkur que, con una regularidad de pocos minutos, se enfurece, brama y arroja al aire su estallido de vapor y agua hirviente dejando una nube de humo vacía que se disuelve en el frío aire invernal. Y después se queda como si no hubiera roto un plato, sosegado y burbujeante aguardando una nueva sacudida.

El fuego arde en Islandia debajo de los pies, apenas una mínima corteza nos separa de sus llamas. A la menor ocasión se desata por cualquier fisura recordándonos quién manda aquí. Fuego y hielo en la isla.

(Islandia, diciembre de 2011)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó