Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.
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viernes, 8 de agosto de 2014

PIRATAS REVENTONES (ISLAS GALÁPAGOS)



En las Galápagos los piqueros de patas azules para mí son las estrellas emplumadas, pero hay otro pájaro, más pérfido y rufián, que rivaliza con mi amigo danzarín tanto en el estrellato como por el sustento.

En la apabullante isla de Seymour Norte es imposible dar un paso sin toparte con un animal. Sorteando iguanas y lobos marinos, el camino se interna entre los árboles en un laberinto de sal y calor donde el ala del sombrero apenas me protege de la tonelada de sol que cae a plomo sobre la isla. Allí mismo, al alcance de la mano, los plumajes negros de las fragatas pueblan las ramas. En un instante se me acaban los dedos para contar todas las que veo en un rincón. Polluelos de cabeza blanca o anaranjada, hembras a su vera y los espectaculares machos en plena exhibición.

Como sucede con el baile nupcial del piquero de patas azules, el cortejo de la fragata también es memorable. El buche carmesí comienza a hincharse hasta alcanzar un tamaño desproporcionado que amenaza con reventar. Los machos disputan entre sí arqueando el cuerpo y dislocando la cabeza para mostrar a las damas que su enorme globo aerostático rojo es el más impresionante. Los cloqueos llenan el aire mientras despliegan las alas de sombra que brillan bajo el sol en destellos azabache. Las bolsas coloradas se tensan alrededor como extrañas flores carnívoras esperando atrapar a su presa.





Mientras, en el azul del cielo, se recorta su forma afilada de tijera aguardando el momento del ataque. Las fragatas no cazan sino que son unas piratas redomadas que se dedican a robar el pescado a los demás. Especialmente el piquero sufre los ataques de estos bandoleros cuando, al poco de haber pescado una pieza, la fragata se arroja sobre él atrapándole por la cola y zarandeándole hasta que la pobre víctima no tiene más remedio que soltar la presa, la cual el pirata recoge en el aire como un rayo antes de que caiga al agua. Quizás le diera menos trabajo pescar sus propios peces pero yo creo que está en su carácter,  son los matones del barrio, el que es malo es malo.

En las islas Galápagos vuelan dos subespecies de fragatas, la fragata real (Fregata magnificens) y la fragata común (Fregata minor ridgwayi) cuyos machos apenas se diferencian salvo por un reflejo púrpura o verdoso en el plumaje negro de la espalda. Las hembras son también prácticamente idénticas a excepción del círculo azul o rojo  que enmarca el ojo. Los polluelos son más fácilmente identificables con su cabeza blanca o anaranjada respectivamente.

En la isla San Cristóbal las fragatas son llamadas tijeretas por la forma de su cola, aunque el nombre se ha extendido sobre las aguas a las demás islas.

(Isla Seymour Norte, octubre de 2013)






(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

miércoles, 12 de febrero de 2014

PATAS AZULES (ISLAS GALÁPAGOS, ECUADOR)



Una de las aves más graciosas que conozco es el piquero de patas azules (Sula nebouxii excisa) que habita en las excepcionales Islas Galápagos. Esta subespecie endémica de estas islas, con algún pariente en la costa sudamericana, es un tipo de alcatraz muy particular que recibe el nombre autóctono de piquero y que los británicos denominaron booby a causa de su mansedumbre rayando con la simpleza cuando se toparon con ellos en sus desembarcos del siglo XVIII. Los marinos se sorprendían al comprobar que estas aves no huían en su presencia y les resultaba extremadamente fácil cazarlas. Los pobres piqueros, como cualquier otra especie de las islas, no conocían las malas intenciones de los humanos y campaban a sus anchas por los islotes sin depredador alguno al que temer entonces.

Hoy en día es posible tener encuentros igual de cercanos con los piqueros aunque en diferentes circunstancias. La protección a la que se somete a las especies endémicas de la Galápagos, así como no ser presa de otros animales, supone que sea igualmente sencillo acercarse a distancias muy cortas de estas aves que en ningún momento dan muestra del más mínimo interés ni inquietud por los bípedos desmañados que les rodean cargados de cámaras y de objetivos.




En mi paseo por la isla de Seymour Norte los piqueros de patas azules fueron las estrellas de la mañana, aunque los buches rojos a punto de estallar de las fragatas rivalizaron en asombro. Tres especies de piqueros aletean por las Galápagos: el singular piquero de patas rojas (Sula sula websteri), el bello piquero enmascarado o de Nazca (Sula granti) y el inimitable piquero de patas azules.
El peculiar color vivo de sus patas y pico llama la atención nada más verlo pues esas patas tan azules parecen pintadas a pincel. En sus movimientos hay algo de elegancia y torpeza, como una modelo a punto de tropezar en la pasarela. Y en su mirada un brillo que puede ser pura estulticia o mera condescendencia.
 
Pero lo que estaba esperando ver en Seymour Norte mientras el sol ecuatorial me iba aplastando poco a poco era el genuino baile del cortejo. Como parte de una coreografía ensayada durante generaciones, el piquero macho trata de convencer a la hembra de grandes pupilas de sus magníficas dotes y del arrebatador color de sus patas. Con el pico hacia el cielo, va levantando sus patas alternativamente mientras danza alrededor tratando de conquistarla. A veces la hembra cae cautivada por el embrujo de ese azul de mar y otras le ignora absolutamente dedicándose a mirar a otros rivales. El conjunto del cortejo es desternillante y bien merece un viaje hasta las Galápagos.

La misma aparente torpeza que pueden mostrar los piqueros en tierra se convierte en gracia y agilidad en el aire cuando, como misiles a reacción, se arrojan de cabeza contra al agua para surgir pocos segundos después con un un pez en el pico. Buena caza salvo que la fragata ande cerca y se lance al abordaje.

(Seymour Norte, Islas Galápagos, octubre de 2013)






(c) Copyright del texto y de las fotos:  Joaquín Moncó




martes, 23 de octubre de 2012

CIUDAD DORMIDA (BOGOTÁ, COLOMBIA)



Desde el Cerro de Monserrate la ciudad de Bogotá se extiende como un hormiguero hasta las faldas de los montes que la rodean, donde las nubes inmensas como navíos de viento amenzan con tragársela. Desde los 3152 metros del cerro, la capital del país y del departamento de Cundinamarca parece alcanzar el infinito. Su calles interminables y la carreteras de cinrcunvalación atrapan una maraña de techos bajos y algún que otro espigado rascacielos desde donde se puede otear el verdor ondulado que rodea la urbe.

El funicular que sube al Cerro de Monserrate asciende con pudor entre las frondas con algún que otro frenazo y tirones que provocan gritos y risas nerviosas entre los usuarios que lo toman para llegar al santuario. Desde la considerable altura en la que se levanta, la torre blanca del Santuario del Señor Caído, fundado en 1640, se cree faro de luz y de almas bajo la tormenta oscura que ruge en la distancia.

Desde Monserrate, la antigua Santa Fe de Bogotá parece lejana, durmiente, apenas un sueño.

(Monserrate, Bogotá, agosto de 2005)



(c) Copyright del texto y de las fotos:  Joaquín Moncó

jueves, 18 de octubre de 2012

A PRUEBA DE ZARPAS (ALASKA)



Desde que he llegado al parque natural no dejan de recordarme dónde estoy y quién manda allí. Por supuesto que mandan los rangers, con sus uniformes verde oliva y el revolver en la cintura. No tengo nada más que rememorar el incidente con la teniente Hamilton, de mirada azul y sonrisa de hielo, para darme cuenta. Sí, señor, señor, como usted diga, señor. Pero incluso por encima de ellos, en esa tierra fronteriza, mandan los osos. 

Los Estados Unidos por encima del paralelo 48 son salvajes y agrestes, tapizados de bosques, montañas, glaciares y una tundra inabarcable hasta las aguas de acero del Ártico. Y allí, los osos, ya sean pardos, negros o blancos, campan a sus anchas e imponen su ley. Los carteles, folletos, videos o charlas me lo recuerdan a cada instante, las normas básicas a seguir en caso de encuentros cercanos, la educación mínima en tales situaciones, la urbanidad que se supone. Los osos son pacíficos, tranquilos, bonachones, ya estaban allí antes que nosotros, es culpa nuestra si nos ponemos torpemente en su camino, si se les cruzan los cables y de vez en cuando devoran a un turista incauto que pasa a engrosar las estadísticas. Pero los osos también tienen hambre. Aunque sólo los polares nos tienen en su dieta, y apuesto que tampoco en el mejor plato del menú, no conviene estar cerca de sus hocicos cuando se pasean entre las matas de arándanos buscando algún bocado más apetitoso que llevarse a las fauces. Y mejor no estar en el camino entre el oso y su comida. Más vale poner a buen recaudo las viandas y plantar la tienda bien lejos.

Para eso las cabezas pensantes han diseñado artilugios donde depositar los víveres o la basura y que las zarpas de los osos no puedan abrir por mucho que lo intenten. Aunque todo es posible, que el hambre agudiza el ingenio.

(Alaska, agosto de 2009)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

miércoles, 30 de noviembre de 2011

CAPTURA DEL DÍA (ALASKA)



Tanto nadar y echar burbujas para acabar así, atravesados en la boca por un gancho, boqueando inútilmente mientras gente vestida de colores les acribilla a fotografías y se arrima lo que puede para posar con ellos. Sólo los más fotogénicos, los que tienen mejor planta llegan a lucir en la pasarela porque la mayoría ni eso, directamente del mar al barco y del barco al cuchillazo y al mercado. Y lo poco que quede, pasto de gaviotas y cormoranes. Cruel destino de halibuts, rockfishes o bacalaos. 

No es buen negocio ser pez en Alaska.

(Seward y Valdez, agosto de 2009)




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CATCH OF THE DAY  (ALASKA)

So much swimming and casting bubbles to end pierced in the mouth by a hook, gasping in vain while colour-dressed people shot photographs and come as close as possible to pose with them. Only the most photogenic, the best bodies can look on the catwalk because most go directly from the sea to the ship and fROm the ship to the slash and the market. And the little that remains, food for gulls and cormorants. Cruel fate of halibut, rockfish and cod.

It is not good business to be fish in Alaska.

(Seward and Valdez, August 2009)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 29 de septiembre de 2011

SETAS (ALASKA)



En Alaska todo es colosal, desmesurado, excesivo, frondoso, insospechado, profundo, solitario, desolado, intenso, algo atávico.

Incluso las silenciosas y tímidas setas.

Alaska (agosto de 2010)







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MUSHROOMS  (ALASKA)

In Alaska everything is colossal, enormous, excessive, luxuriant, unexpected, deep, lonesome, desolate, intense, somewhat atavistic. 

Even the quiet and shy mushrooms.


Alaska (August 2010)




(c)  Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 5 de julio de 2011

FANTASMA (KENNICOTT, ALASKA)



Las nubes plomizas seguían cubriendo el cielo sin dar tregua. De nuevo amenazaba lluvia. El sonido de las gotas sobre el barro y las pisadas en los charcos componían la banda sonora de esos días. Tal vez al día siguiente amaneciera despejado para poder atravesar el glaciar.

Antes de llegar a McCarthy es preciso abandonar los vehículos para poder cruzar un puente. La furgoneta tuvo que quedarse atrás y unos carritos ayudaron a pasar las mochilas al otro lado sobre las aguas aceradas. Allí se levanta el pueblo como un auténtico puesto de frontera, como sacado de una película del oeste, al borde del inmenso y blanco parque nacional Wrangell-Saint Elias que se extiende por hielos y montañas hasta el límite con Canadá donde cambia de nombre pero no de identidad. Desde McCarthy, otra furgoneta nos acercó hasta el final de la carretera, al último pueblo, casi imposible, un pueblo fantasma.


Kennicott existe en el mapa casi de milagro. Gracias a que un lujoso lodge se ha instalado en sus calles olvidadas, a que el infinito mar de hielos comienza en la puerta de atras. Porque Kennicott apenas es. Sus casas de paredes rojas se desmenuzan con la lluvia y el granizo, las chimeneas oxidadas combaten el viento gélido que viaja embozado, las puertas y ventanas ya no esconden nada tras los cristales rotos. Kennicott cumple a la perfección el mito clásico del pueblo minero abandonado, el de la fiebre del oro de London o Chaplin, el que una vez fue luces, risas y disparos, música en los balcones y oro en los bolsillos, pero que con el fin de los sueños quedó vacío y sin alma como un vago recuerdo de luna nueva. Sueños de hoy, pesadillas de mañana. Los edificios de madera se elevan sobre las colinas que dan al río perdiéndose entre los árboles y vegetación que crecen sin freno. Los osos negros se atreven a pasear por sus sombras en busca de comida o de turistas desprevenidos. Algunas casas, sin embargo, lucen pintura fresca y cristales nuevos, algo se va restaurando mientras la compañía de guías de montaña anuncia travesías y escaladas en el hielo anciano del glaciar.

El tiempo no mejoraba y, como era inevitable, la lluvia espesa comenzó a caer sobre Kennicott tamizando la luz de la tarde. El cuerpo pedía quedarse a pasar la noche en las calles abandonadas del pueblo, plantando la tienda en cualquier rincón o buscando un techo sin agujeros, porque las habitaciones alfombradas del lodge quedaba fuera de lugar. Pero el plan era acampar en la morrena del glaciar Root para cruzarlo al día siguiente hasta el otro lado de la lengua de vidrio, aunque hubiera que cenar con el chubasquero puesto, por lo que, aplastados por el peso de las mochilas y los sombríos nubarrones, asaltados por la lluvia constante, seguimos el sendero valle arriba dejando que el esqueleto de casas rojas de Kennicott continuara durmiendo y soñando con oro.

(Kennicott, agosto de 2009)





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GHOST  (KENNICOTT, ALASKA)

The grey clouds were still covering the sky without respite. Expecting rain again. The beat of raindrops on the mud and footprints in the puddles composed the soundtrack to those days. Maybe next day it dawned sunny to cross the glacier.

Before coming to McCarthy the cars must be left aside to cross a bridge. The van had to stay behind and some trolleys helped to pass the backpacks across on the steely waters. There stands the village as a real frontier post, like something out of a western movie, at the edge of the vast and white Wrangell-Saint Elias national park that spans on ice and mountains to the Canadian border where it changes name but not identity. From McCarthy, another van took us to the end of the road, to the last village, almost impossible, a ghost town.
 


Kennicott is on the map by a miracle. Because a luxurious lodge has installed on their forgotten streets, because the endless ice sea begins at the back door. Because Kennicott hardly is. Its red walls houses crumble  in the rain and hail, rusty chimneys fight the cold wind that travels cloaked, doors and windows do not hide anything behind the broken glasses. Kennicott perfectly fits the classical myth of the abandoned mining town, London´s or Chaplin´s gold-rush, that once was light, laughter and gunfire, music on the balconies and gold in the pockets, but with the end of dreams became empty and soulless like a vague memory of new moon. Today's dreams, tomorrow's nightmares. Wooden buildings rise on the hills over the river disappearing among the trees and vegetation that grows wildly. Black bears dare to stroll through its shadows in search of food or unaware tourists. Some houses, however, look fresh paint and new windows, something is being restored as the mountain guides company proclaims treks and climbings on the old ice of the glacier.

The weather was not better and, inevitably, dense rain began to fall on Kennicott shading the afternoon light. The body required to spend the night in the deserted streets of the town, pitching the tent anywhere or looking for a roof without holes, as the carpeted rooms of the lodge were out of question. But the plan was camping on the Root Glacier moraine to cross it the next day to the other side of the glass tongue, even though we had to dinner with the raincoat on. So crushed by the weight of the backpacks and the gloomy clouds, assaulted by the constant rain, we followed the path up the valley leaving Kennicot's skeleton of red houses to sleep and dream of gold. 

(Kennicott, August 2009)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 16 de junio de 2011

FORMAS DE AGUA (ALASKA)



Alaska me da el primer golpe. Golpe bajo sin esperarlo. Me aplasta y derriba con el primer puñetazo directo al mentón nada más salir de Anchorage. La ciudad se disuelve tímidamente y desaparece engullida por la naturaleza que asedia tenazmente cualquier atisbo de civilización. Las placas amarillas de los coches lo proclaman con orgullo de verdad lapidaria.  The Last Frontier. La última frontera que se dibuja en el mapa antes de cruzar al infinito.

Alaska me apabulla con su paisaje inconcebible de bosques sin fin, de montañas siempre, de azul glaciar, de ríos sin cuento, de agua. Quizás sobre todo de agua. Alaska es agua. 

Agua espesa rodando por los meandros de los ríos que se deslizan cautamente, a veces con violencia, anegando los valles. Como el Mat-Su Valley, donde el Susitna y el Matanuska se alían para hacer brotar de la tierra hortalizas gigantescas dignas de galardón. 

Agua lenta de temperatura imposible que se derrama en miles de dedos gélidos desde la morrena, que se enrosca en torno a mis tobillos y pantorrillas hasta hacerme gritar de dolor mientras vadeo el desagüe del glaciar Muldrow que se precipita desde el Denali. 

Agua vieja, anciana, que circula por la autopista inmensa del glaciar Kahiltna con carriles blancos y mediana de morrena devastando a su paso todo lo que encuentra aunque sea a paso de hormiga, a vista de pájaro desde una avioneta que me zumba en los oídos.

Agua cúbica y cuadrada, resquebrajada en dados ciclópeos que tejen un tablero de casillas inverosímiles en el glaciar Exit. Lengua de hielo sideral  que se vierte al océano entre las brumas de la península Kenai donde alza un muro de truenos cada vez que se derrumba.

Agua hecha polvo, niebla, bruma constante que se agarra a las copas de los árboles, a las cumbres y raíces de la montañas, como banderas al viento, sin terminar nunca de soltarse.

Agua salada, de color acero, quebrantando el camino del ferry entre témpanos de hielo y leones marinos en Prince Williams Sound.  Agua de océano rebelde, impetuoso, cortado por las aletas de las orcas.

Agua de lluvia. Lluvia en el parabrisas de la furgoneta, lluvia en mi sobre de comida liofilizada en la morrena glaciar en la noche del parque Wrangell-Saint Elias, lluvia en la piragua entre castores y salmones del Slana, lluvia en el embarcadero de Valdez, lluvia, sólo lluvia.

Alaska también es agua.

(Alaska, agosto de 2009) 









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FORMS OF WATER  (ALASKA)

Alaska gives me the first blow. Unexpected low blow. It crushes me and knocks me down with the first punch to the chin just outside Anchorage. The city shyly dissolves away and disappears swallowed by nature stubbornly besieging any trace of civilization. Cars yellow plates proudly proclaim it: The Last Frontier. The final frontier drawn on the map before crossing into infinity.

Alaska overwhelms me with its
inconceivable landscape of endless forests, ever mountain, blue glacier, countless rivers, water. Perhaps especially water. Alaska is water.  

Thick water running down the meanders of rivers that glide cautiously, sometimes violently, flooding the valleys. As Mat-Su Valley, where Matanuska and Susitna rivers join forces to bring forth from the ground giant vegetables. 

Slow water at  impossible temperature pouring into thousands of icy fingers from the moraine, wraping around my ankles and calves making me scream in pain as I wade Muldrow Glacier draining from Mount Denali. 

Old water, ancient water, flowing through the huge highway of Kahiltna Glacier with white lanes and moraine median strip and devastating everything in its way even at ant pace, bird's eye view from a small plane buzzing in my ears.

Cubic and square water, broken into cyclopean cubes weaving implausible squares on a board in Exit Glacier. Sidereal ice tongue poured out into the ocean among Kenai Peninsula mists where it rises a wall of thunders every time that it collapses.

Water made ​​dust, fog, constant haze clinging to the tops of the trees, to the summits and roots of the mountains, like flags in the wind, never getting loose.

Salt water, steel-colored, breaking the path of the ferry among icebergs and sea lions at Prince Williams Sound. Rebellious ocean water, impulsive, cut by killer whales.

Rainwater. Rain on the van windshield, rain over my freeze-dried food on the moraine in the night of Wrangell-Saint Elias Park, rain on the canoe between beavers and Slana river salmons, rain on Valdez pier, rain, only rain.

Alaska also is water.

(Alaska, August 2009)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 31 de marzo de 2011

PACHAMANCA (CORDILLERA BLANCA, PERÚ)



Camino del campo base del nevado Copa, junto a la laguna Legiacocha, Ricardo lo acordó con el arriero. Según el aire adelgazaba a cada paso y la mole blanca del Huascarán surgía como por ensalmo sobre la línea del horizonte, el arriero azuzó a los burros y se ajustó el ala del sombrero sobre los ojos vivos. En unos días volvería a subir por el mismo sendero empinado hasta el borde de las aguas turbias, sin cajas ni petates en los lomos de los animales, para recoger nuestros enseres de vuelta al valle. Allí, antes de alcanzar Vicos y el coche que nos llevaría hasta Huaraz, nos acogería amablemente en su casa para, según el precio acordado, agasajarnos con una auténtica "comida de la tierra", la pachamanca.

Dicho y hecho. De vuelta de las montañas, con el cuerpo más cansado pero el espíriru ligero como una nube, el arriero nos invitó a entrar en su fresca casa de paredes de adobe donde, en el patio, su mujer se disponía a exhumar los manjares. En un momento comenzaron a brotar de la tierra, envueltos en hojas y tallos, los diversos tubérculos y la carne de cui que había estado cocinándose al fuego lento de piedras incandescentes como lo habían estado haciendo desde tiempos remotos. Comida de la misma tierra.

Entre sorbos de Inka cola, Ricardo, Axel, nuestro amigo Joel y yo disfrutamos tanto de la pachamanca como de la hospitalidad sincera que nos brindaron.

(Vicos, Cordillera Blanca, agosto de 2005)






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PACHAMANCA  (CORDILLERA BLANCA, PERU)


On the way to Nevado Copa base camp, next to lake Legiacocha, Ricardo agreed with the mule driver. As the air was getting thinner at each step and the Huascaran white mass arose as if by magic over the skyline, the mule driver egged on the donkeys and fitted his hat brim over his lively eyes. In a few days he would go up the same steep trail again to the edge of the muddy waters, no boxes or backpacks on the backs of animals, to pick up our belongings back to the valley. There, before reaching Vicos and the car that would take us to Huaraz, he would host us kindly in his home to, according to the agreed price, fête with an authentic "food from the earth," the pachamanca.

Said and done. Back from the mountains, with the body more tired but the spirit light as a cloud, the mule driver invited us into his cool adobe-walled house where, in the courtyard, his wife was about to exhume the delicacies. At one point began to sprout from the earth, wrapped in leaves and stems, various tubers and cui meat that had been cooking over a low heat of incandescent stones, as it had been doing since time immemorial. Food from the earth itself.

Sipping Inka Cola, Richard Axel, our friend Joel and I enjoyed both the pachamanca and the sincere hospitality we received.

(Vicos, Cordillera Blanca, August 2005)


(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó

martes, 18 de enero de 2011

EL BORDE DE LAS COSAS: RUREC SUR II, 5320m (CORDILLERA BLANCA, PERÚ)


Los tres Rurec Sur

La noche de carbón se hacía laberinto entre las piedras grises junto a la laguna Tararhua. La estrella sobre la frente iluminaba la punta de mis pies en su círculo amarillo ocultando las otras estrellas a años luz de nuestras huellas, como un mapa borrado por el tiempo. Al tocar la tierra vieja de la morrena un fulgor azulado comenzó a inundar la vasija redonda de la quebrada subrayando de plata los contornos de las rocas y los bloques de hielo. Las cosas, que hasta entonces habían sido mancha gris y  borde oscuro, fueron tomando nombre lentamente. Con el pulso vibrante de emoción y los ojos de vidrio recogimos el material que habíamos depositado dos días antes a pie de glaciar y nos adentramos en sus rincones.

La punta asombrosa del Huantsán emergía fulminante detrás del horizonte como un mástil de barco inalcanzable echando su sombra sobre la pirámide del Yahuaraju y el enorme merengue del Rurec que parecía desmoronarse en cubos de azúcar. El camino se empinaba entre pasos de cristal dejando el suelo cada vez más abajo. La luz  redonda lo invadía ya todo y se perdía a cada instante en un caos de penitentes que erizaban el lomo de la montaña con cientos de púas blancas. De nuevo el laberinto. A la espalda, el Shaqsha y el Cashán cerraban la quebrada como centinelas soñolientos en duermevela, distantes, como si  habitaran en otro planeta. La cumbre del más alto de los Rurec Sur seguía estando tan lejos como dentro del saco de dormir horas antes. 

La lengua hinchada del glaciar saliendo de la sombra
Remontando el glaciar hacia los Rurec Sur
Insignificante
La delgada línea de la vida

En un vistazo al altímetro los 5000 metros saltaron de pronto desde el estómago de las grietas. La senda se volvía serpiente retorcida en curvas y espirales esquivando las arrugas del glaciar que se desperezaba arañado por crampones y rizos de cuerda. El sol se arqueaba en la cúpula refulgente sobre nuestros cascos mientras las huellas parecían deslizarse cuesta abajo sin querer avanzar. Los seracs no eran como en las fotos de los libros, la rimaya parecía querer devorarnos. La rampa final hasta la arista giraba sobre su eje alzándose cada vez más alta hasta que, mirando por azar al fondo de las cosas, la línea platino del arroyo que desaguaba el glaciar en la laguna simuló un trazo inocente de lápiz  enroscado en un papel. Ya casi estábamos al final del camino. Unos pasos más arriba la arista de cornisas inverosímiles se resquebrajaba en cristales afilados que apenas aguantaban el peso del aire.

La cumbre éramos nosotros.

Unos metros por debajo del borde vacío.

Ricardo y yo nos miramos y asentimos. Ya estaba. 

(Quebrada Rurec, agosto de 2005)

Grieta en el glaciar con el Shaqsha al fondo
Debajo de la arista cimera
Ricardo con el Rurec al fondo. Yahuaraju detrás y asomando la punta del Huantsán


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THE EDGE OF THINGS: SOUTH RUREC II (CORDILLERA BLANCA, PERU)

The coal night became labyrinth among the grey stones beside lake Tararhua. The star on the forehead lit the tips of my feet in its yellow circle hiding the other stars light years away from our footsteps, as a map erased by time. When touching the old moraine earth a bluish glow began to fill the round bowl of the quebrada underlining in silver the rocks and ice boulders' shape. Things, which had hitherto been grey blur and dark rim, were slowly taking names. With the vibrant pulse of excitement and glassy eyes we picked up the gear left two days before at glacier's foot and we got into its corners.

Huantsan amazing top emerged lightning over the horizon like an
unattainable ship's mast casting its shadow on Yahuaraju's pyramid and Rurec's huge meringue that seemed to crumble into sugar cubes. The path got steeper under crystal steps ever leaving the ground belower and belower. The round light pervaded everything and every moment was lost in a chaos of penitentes bristling the mountain's back with hundreds of white spines. Again the maze. At the back, Shaqsha and Cashan closed the quebrada as drowsy sentinels half asleep, distant, as living on another planet. South Rurec's highest summit remained as far away as inside the sleeping bag hours earlier.
Looking at the altimeter, the 5000 meters suddenly sprang from the stomach of the crevasses. The path became snake twisted on curves and spirals avoiding the glacier's wrinkles that stretched scratched by crampons and rope curls. The sun was arching on the glistening dome over our helmets while footprints seemed to slide downhill not wanting to go. The seracs looked not like the book's pictures, the bergschrund wanted to devour us. The final slope to the ridge turned on its axis rising higher and higher until, looking by chance at the bottom of things, the platinum line of the stream draining the glacier into the lake simulated an innocent pen stroke coiled on a piece of paper. We were almost at the end of the road. A few steps above the ridge of unlikely cornices cracked in sharp crystals hardly supporting the weight of the air.

We were the summit.

A few meters below the empty edge.

Ricardo and I looked at each other and nodded. Done.

(Quebrada Rurec, August 2005)



(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó