Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.

martes, 6 de marzo de 2012

OSOS EN LA COSTA (CAPE CROSS, NAMIBIA)



Antes de llegar a ver el mar, ya se percibe el hedor. Como un perfume pasado de fecha, un almizcle caducado que flotara en el aire marino del océano esparciéndolo por toda la Costa de los Esqueletos.

Y a continuación el clamor. La barahúnda de mugidos, ladridos, aullidos, balidos, berridos y algunos más -idos que brota de las arenas ocres de la playa y que forman la banda sonora de la escena.

Por último, al acercarme al mismo borde del océano Atlántico, es cuando veo a las fieras. Osos, leones o lobos, pues de muchas maneras se les llama (Arctocephalus pusillus pusillus), de pelaje pardo, desde el color dorado al tierra mojada, de fauces abiertas y colmillos afilados, de ojos vagos algo turbios, pero sin patas ni garras con las que darme caza y despedazarme. En cambio, se apelotonan sobre la playa solazádose en el frío viento que vuela en ráfagas desde el Antártico, palmeando con sus aletas el aire envenenado, navegando como surferos sobre las heladas olas grises, tratando de ocupar varios el espacio imposible que apenas cubre uno, multiplicándose entre pisotones y mordiscos, dormitando perezosos al sol inexistente porque ese día, sin que sirva de precedente, el invierno namibio parece invierno de verdad, hace frío y está nublado.

Como un rebaño de ovejas extraviado, los osos marinos abarrotan la breve línea de costa que les separa del desierto aprovechando el aliento antártico que la corriente de Benguela les trae desde los remotos confines australes hasta esta latitud africana. Indolentes, ignoran los focos de las cámaras y los dientes de los chacales que aparecen desde el interior a darse un festín. Un último reducto de hielo y aguas de acero que más al norte ya sólo alberga huesos oxidados de barcos y más allá aún se convierte en corazón de las tinieblas.
  
(Cape Cross, agosto de 2011)





(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

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