Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.

jueves, 2 de junio de 2011

SIRIO EN MIS SUEÑOS (KOMODO Y RINCA, INDONESIA)



La noche errática del trópico rodaba sobre los mástiles del barco. El Felicia se mecía suavemente anclado en las aguas coralinas de la bahía el borde de la arena rosa. Tumbado en la cubierta de madera del velero, dejaba que la respiración del mar fuera abrazándome pausadamente mientras la tiniebla brillante iba rodeando las amuras y los cabos. El barco dormía y la noche se desperezaba sobre las copas de los árboles en las islas, agitando un viento de hojas, un rumor de olas, que flotaba sobre la costa soñolienta.

El cielo se fue tiñendo a medida que el último fulgor naranja sobre el horizonte se quebró en una línea invisible y, silenciosamente, las estrellas indonesias comenzaron a invadir el techo oscuro sobre las velas recogidas. Hacía un buen rato que los últimos zorros voladores habían cruzado sobre el barco siguiendo a la bandada incontable que embadurnó la tarde de gritos y alas en su viaje cíclico de isla en isla a por su ración diaria de fruta. La luna plateada pugnaba por dominar el campo sin nubes barriendo con su haz dilatado cualquier mínima candela, pero la noche avanzaba y un sopor ancestral me venció en un sueño difuso de dragones, tiburones y flores hermosas.

Un sabor dulce en los labios me despertó arrastrándome sobre la cubierta. Otra gota en la frente. Una nube solitaria  más oscura que la noche navegaba sobre el Felicia en su tránsito ajeno y descargó parte de su peso inverosímil sobre la bahía. Apenas una alarma, un chaparrón interrumpido que me volvió a sumir en un sueño inocente. La segunda vez no me despertó la lluvia. La luna ya se había ocultado tras el arco oscuro del mar pero una luz imponente se mantenía encendida enfrente de mí, colgada en el cielo, como si alguien se hubiera olvidado de apagar la última bombilla. Las demás estrellas palidecían en su entorno, por sí sola podía iluminar toda la noche y alumbrar el barco con una luz de mercurio, mitad luz y mitad sombra.

El ojo del perro, Sirio, en el Can Mayor, me atisbaba desde su distancia imposible siguiendo las huellas de Orión en su eterna caza. Sirio de los egipcios y de los dogones, la estrella más brillante de todo el firmamento. Nos observamos mutuamente mientras todos los demás dormían alrededor ajenos a tan emocionante encuentro. La comunión duró un instante, hasta que volví a quedarme dormido.

A la tercera vez que me desperté, la luz ya reinaba sobre el océano y un amanecer de sol dorado se derramaba sobre el agua hasta el barco. Los primeros zorros voladores regresaban tras su festín nocturno comenzando a cubrir el aire. Sirio era apenas ya un sueño.

(Komodo y Rinca, agosto de 2007)





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SIRIUS IN MY DREAMS  (KOMODO AND RINCA, INDONESIA)  

The erratic tropical night rolled over the ship's masts. Felicia rocked gently anchored in the bay's coral waters at the edge of the pink sand. Lying on the wooden deck of the sailing boat, I let the breath of the sea were slowly embracing me as the bright darkness surrounded bows and ropes. The ship was sleeping and the night stretched over the tops of the trees on the islands, waving a wind of leaves, a murmur of waves, floating on the sleepy shore.

The sky was staining as the last orange glow on the horizon was broken in an invisible line and, silently, the Indonesian stars began to invade the dark ceiling over the furled sails. It was a long time the last flying foxes had crossed over the ship following the countless flock who daubed the evening with cries and wings on his cyclical journey from island to island for their daily share of fruit. The silvery moon struggled to dominate the unclouded field sweeping with its extensive beam any candle, but the night waned and an ancestral slumber overcame me in a fuzzy dream of dragons, sharks and beautiful flowers.
 


A sweet taste in the mouth woke me up dragging me on the deck. Another drop on the forehead. A solitary cloud darker than night was sailing in its alien transit over Felicia and unloaded part of its unlikely weight on the bay. Just a warning, an interrupted shower that plunged me again in an innocent dream. The second time I was not woken up by the rain. The moon was already hidden behind the dark arch of the sea but an impressive light remained lit in front of me, hung in the sky, as if someone had forgotten to turn off the last light bulb. Other stars paled around, by itself it could illuminate the night and light up the boat with a mercury light, half light, half shade.

The dog's eye, Sirius, in Canis Major, peeped at me from its impossible distance following Orion's footsteps in his everlasting hunt. Egyptians and Dogon's Sirius, the brightest star in the entire sky. We looked at each other while everyone else slept around unaware of such an exciting meeting. The connection lasted a moment, until I fell asleep again.

The third time I woke up, the light reigned over the ocean and a golden sun dawn spilled on the water to the ship. The first flying foxes returned after their night feast beginning to fill the air. Sirius was just as a dream.

(Komodo and Rinca, August 2007)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

NIÑOS (ETIOPÍA)



Por mucho que se viaje a África nunca se la puede llegar a conocer del todo, siempre acaba sorprendiendo. África lo es todo y no es nada, es lo que nos gustaría ser y el temor más oscuro en el corazón, la cuna y la tumba. Como dijo el maestro Kapuscinski, "África existe para sí misma y dentro de sí misma, como un continente aparte, eterno y cerrado (...) como una parte del mundo cargada con una especie de electricidad inquieta y violenta" y que "en realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe".

Y todo aquello que se diga de África, puede predicarse de Etiopía. Enorme, inconmensurable, infinita. Desierto, selva, montaña, patria de ríos y madre del Nilo Azul, donde la tierra se quiebra en abismos terribles y cumbres de nieve ajena, donde el suelo se hunde en pozos de azufre y el infierno conquista, babel de lenguas, razas, religiones.

Etiopía es también tierra de hombres y mujeres. De la piel de ébano lustrosa en las riberas del Omo, de la cruz cismática y del arca de la alianza, del amhárico y del ge'ez, de las caravanas de camellos cargadas de sal de los Afar, del canto solitario de los minaretes de Harar, del Mercato inabarcable de Addis.

Pero sobre todo Etiopía es tierra de niños. Por todas partes, desarrapados, descalzos, sucios, quebrados a veces, temerosos. En cualquier plaza, en cualquier poblado, surgiendo de los bordes del camino desde no se sabe dónde, siempre aparecen los niños y las niñas en África, en Etiopía, pues los niños son los habitantes que pueblan esa tierra como granos de polen llevados por el viento. Y los niños africanos, a pesar de todo, son sonrisas, sueños, esperanza, son el rayo de luz, la lluvia, la luna llena.

(Etiopía, abril de 2011)










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CHILDREN  (ETHIOPIA)

However much you travel to Africa, you never know it at all, it always surprises you. Africa is everything and is nothing, it is what I'd like to be and the darker fear in my heart, the cradle and the grave. As the master Kapuscinski said, "Africa exists for itself and within itself, as a separate, eternal and closed continent (...) as a part of the world charged with a kind of restless and violent electricity" and that "indeed, except for the geographical name, Africa does not exist. "

And everything that is said about Africa can be predicated of Ethiopia. Vast, immeasurable, infinite. Desert, jungle, mountain, rivers homeland and Blue Nile's mother, where the land is broken into awful chasms and peaks of odd snow, where the ground is sinking into brimstone pits and hell conquests, babel of languages, races, religions .

Ethiopia is also land of men and women. Of the shiny ebony skin on the river Omo banks, of the schismatic cross and the Ark of the Covenant, of amharic and Ge'ez, of the Afar's camel caravans laden with salt, of the solitary chant from Harar minarets, of the unfathomable Mercato in Addis.

But above all, Ethiopia is a land of children. Everywhere, ragged, barefoot, dirty, broken at times, fearful. In any square, any village, emerging on the edges of the road from nowhere, always appear boys and girls in Africa, in Ethiopia, as children are the people who inhabit this land as pollen grains carried by the wind. And African children, after all, are smiles, dreams, hope, they are the ray of light, the rain, the full moon.

(Ethiopia, April 2011)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

POR LA PUERTA DE ATRÁS: CORREDOR ESTASEN AL ANETO


Corredor Estasen al Aneto desde el collado de Coronas

El Aneto hay que subirlo, si no todos los años, al menos de vez en cuando. Y podemos elegir una manera diferente de encarmarnos a su corona de monarca del Pirineo en cada intento. Ya sea por la vía normal de la Renclusa y los Portillones atravesando su cada vez más escuálido glaciar, con los esquíes en los pies desde Aigualluts, por el la hermosa vertiente de los ibones de Coronas y su collado, escalando el lomo erizado a algunas de sus aristas como la de Llosás o la enorme Salenques-Tempestades o, como elegí en los últimos coletazos de mayo, colarse por la puerta de atrás que abre el elegante corredor Estasen.

Aunque el verano amenaza en las tierras bajas y el mercurio ya flirtea de manera habitual con las marcas altas del termómetro, en el país de la montaña la primavera campa aún a su antojo paseando sus flores y su verdor por los valles y  lomas. Y en el reino de las alturas, cerca delos 3000 metros, el invierno aún se agarra con dedos fieros a las rocas. Los lagos siguen convertidos en piedra mientras que la nieve aún se acumula en los collados aguardando a que le llegue su hora. El Estasen luce magnífico todavía en esas fechas e invita a escalarlo hasta la misma cruz del Aneto. 

Flanqueado a su derecha por la quebrada arista de Llosás, el corredor se desliza zizagueando en una amplia pala nevada que paso a paso nos acaba izando a la espalda del rey, terminando en un colladito nevado sobre la arista. Para animar la jornada, tomamos una variante más estrecha y empinada que se encarama junto a la aguja Daviu y que alguien bautizó como Petit Black. Desde su salida, un paseo vertiginoso sobre el final de la cresta nevada y una trepada a cuatro manos nos lleva a la cima del Aneto bajo unas nubes cada vez más oscuras y ominosas. Ya sólo queda cruzar el puente insólito que forma el Paso de Mahoma y alcanzar el collado de Coronas para regresar a los cuarteles. Como despedida, el cielo se abre en el descenso regalándonos rayos, truenos y espesas gotas de lluvia.

(Pirineos, Aneto, 21 de mayo de 2011) 

Aneto desde los ibones de Coronas
Subiendo por el corredor
A caballo de la arista a la salida del Petit Black
Terminando la arista de Llosás camino de la cima


(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó

jueves, 26 de mayo de 2011

CORAZÓN SANGRANTE (MONTAÑAS SIMIEN, ETIOPÍA)



Corazón sangrante
Melena de león
Fauces de leopardo

Los papiones gelada, especie endémica de las Montañas Simien, nos rodean con su carga de pulgas y sueños vagos. Al borde del abismo ocre, la manada de machos leonados, hembras escandalosas y crías asustadizas se demora antes de abalanzarse por el precipicio saltando de rama en rama. Se despiojan, atrapan pulgas, arrancan hierbas a puñados, gritan como endemoniados, copulan compulsivamente, se pelean, muestran los colmillos, me miran de soslayo con sus ojos color miel, como si no estuviera allí o apenas fuera una sombra. Yo soy la sombra ajena.

El triángulo invertido de su pecho imberbe asemeja un corazón atravesado en procesión. Los machos ondean al viento su melena dorada magnífica que les otorga talla de león de la sabana. Los gelada reinan en las alturas etíopes donde vuelan los cuervos, los milanos y los quebrantahuesos.

Fauces de leopardo
Melena de león
Corazón sangrante

 (Theropitecus gelada)

(Montañas Simien, abril de 2011)






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BLEEDING HEART  (SIMIEN MOUNTAINS, ETHIOPIA)

Bleeding heart

Lion's mane

Leopard's maw 

Gelada baboons, an endemic species to the Simien Mountains, surround us laden with fleas and vague dreams. At the ocher abyss's edge, the herd of leonine males, noisy females and skittish youngs hangs around before rushing down the cliff jumping from branch to branch. Delousing, catching fleas, pulling weeds in handfuls, screaming like possessed, compulsively mating, fighting, showing their fangs, looking at me sideways with their hazel eyes, as I was not there or was just a shadow. I am the strange shadow. 

The inverted triangle on their hairless chest resembles a pierced heart in procession. Males flutter in the wind their superb golden mane that gives them savannah lion's size. Gelada baboons reign on Ethiopian heights where ravens, kites and lammergeiers fly. 

Leopard's maw 

Lion's mane 

Bleeding heart


(Simien Mountains, April 2011)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

NIEVE ETÍOPE: RAS DASHEN 4530m (MONTAÑAS SIMIEN, ETIOPÍA)



Pisar la nieve africana es como pisar la Luna. Algo insólito y extraño, como de otro planeta.

Asir con las manos la nieve etíope es como amaestrar mariposas, domar copos, un sueño de primavera  bajo la sombra de las acacias.

Abrazar la cima del Ras Dashen pintada de blanco merece una entrada en mi libreta de viaje.

La temporada seca de abril se ha transmutado en época de lluvias de verano. La noche se convierte en patas de miles de pájaros picoteando la lona de la tienda y la mañana llega con telas de agua y nubes grises. Las sendas se hinchan de tierra mojada y las pistas braman barro que atenaza los pies y no los suelta. Caminar por ellas es como bailar con raquetas.
 
Las nieblas amortajan las colinas verde limón de las Montañas Simien ocultando el valle del río Mesheha muy abajo. Por arriba, la línea de 4000 metros se deshace en manchas de azúcar donde la lluvia se vuelve sólida. Al llegar al plateau cimero del macizo Etiopía se transforma y deja de serlo. La nieve convierte el trópico en postal alpina de mantos blancos y espesas brumas donde, como fantasmas, siluetas fuera de lugar surgen de improviso recordándome la latitud en la que estoy. El cañón del fusil de un scout arropado en su manta, el perfil verde y afilado de las lobelias gigantes.


Una trepada de manos y pies nevados me deja en la cumbre más elevada de Etiopía y en la lista de las más altas del continente: 4530 metros, aunque ningún mapa se pone de acuerdo, sobre un precipicio de nubes turbias y poco más. Haile me dice desde su sonrisa de dientes blancos que de las 50 veces que ha subido a esa montaña es la primera que lo hace con nieve. Una auténtica rareza. 

(Montañas Simien, abril de 2011)






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ETHIOPIAN SNOW: RAS DASHEN  (SIMIEN MOUNTAINS, ETHIOPIA) 

Stepping on African snow is like stepping on the moon. Something odd and weird, unearthly.
 
Grabbing the Ethiopian snow with your hands is like training butterflies, taming snowflakes, a springtime dream under the acacias' shade.

 
Embracing Ras Dashen's white-painted summit deserves an entry in my travel notebook.

April dry season has been transmuted into summer rainy time. Night turns into legs of thousands of birds pecking the tent canvas and morning comes with water cloths and grey clouds. The paths swell up with wet earth and tracks roar mud that grips your feet and not loose. Walking through them is like dancing with snowshoes.

Mists shroud the green lemon hills of Simien Mountains hiding the Mesheha river valley far below. Above, the 4000 meters line melts in sugar patches where rain becomes solid. On reaching the massif's summit plateau, Ethiopia is transformed and no longer is. The snow turns the tropics into an alpine postcard of white mantles and dense hazes where, like ghosts, out of place silhouettes suddenly emerge reminding me the latitude where I am. The rifle's barrel of a scout wrapped in his blanket, the giant lobelia's
green and sharp profile.

A snowy hands and feet climb places me on the highest mountain in Ethiopia and one of the highest peaks in Africa: 4530 meters, but no map comes to an agreement, above a murky clouds abyss and little else. Haile tells me from his white-toothed smile that, about 50 times he has climbed that mountain, is the first time to do it on snow. A real oddity.

(Simien Mountains, April 2011)




(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó