Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.

martes, 5 de julio de 2011

FANTASMA (KENNICOTT, ALASKA)



Las nubes plomizas seguían cubriendo el cielo sin dar tregua. De nuevo amenazaba lluvia. El sonido de las gotas sobre el barro y las pisadas en los charcos componían la banda sonora de esos días. Tal vez al día siguiente amaneciera despejado para poder atravesar el glaciar.

Antes de llegar a McCarthy es preciso abandonar los vehículos para poder cruzar un puente. La furgoneta tuvo que quedarse atrás y unos carritos ayudaron a pasar las mochilas al otro lado sobre las aguas aceradas. Allí se levanta el pueblo como un auténtico puesto de frontera, como sacado de una película del oeste, al borde del inmenso y blanco parque nacional Wrangell-Saint Elias que se extiende por hielos y montañas hasta el límite con Canadá donde cambia de nombre pero no de identidad. Desde McCarthy, otra furgoneta nos acercó hasta el final de la carretera, al último pueblo, casi imposible, un pueblo fantasma.


Kennicott existe en el mapa casi de milagro. Gracias a que un lujoso lodge se ha instalado en sus calles olvidadas, a que el infinito mar de hielos comienza en la puerta de atras. Porque Kennicott apenas es. Sus casas de paredes rojas se desmenuzan con la lluvia y el granizo, las chimeneas oxidadas combaten el viento gélido que viaja embozado, las puertas y ventanas ya no esconden nada tras los cristales rotos. Kennicott cumple a la perfección el mito clásico del pueblo minero abandonado, el de la fiebre del oro de London o Chaplin, el que una vez fue luces, risas y disparos, música en los balcones y oro en los bolsillos, pero que con el fin de los sueños quedó vacío y sin alma como un vago recuerdo de luna nueva. Sueños de hoy, pesadillas de mañana. Los edificios de madera se elevan sobre las colinas que dan al río perdiéndose entre los árboles y vegetación que crecen sin freno. Los osos negros se atreven a pasear por sus sombras en busca de comida o de turistas desprevenidos. Algunas casas, sin embargo, lucen pintura fresca y cristales nuevos, algo se va restaurando mientras la compañía de guías de montaña anuncia travesías y escaladas en el hielo anciano del glaciar.

El tiempo no mejoraba y, como era inevitable, la lluvia espesa comenzó a caer sobre Kennicott tamizando la luz de la tarde. El cuerpo pedía quedarse a pasar la noche en las calles abandonadas del pueblo, plantando la tienda en cualquier rincón o buscando un techo sin agujeros, porque las habitaciones alfombradas del lodge quedaba fuera de lugar. Pero el plan era acampar en la morrena del glaciar Root para cruzarlo al día siguiente hasta el otro lado de la lengua de vidrio, aunque hubiera que cenar con el chubasquero puesto, por lo que, aplastados por el peso de las mochilas y los sombríos nubarrones, asaltados por la lluvia constante, seguimos el sendero valle arriba dejando que el esqueleto de casas rojas de Kennicott continuara durmiendo y soñando con oro.

(Kennicott, agosto de 2009)





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GHOST  (KENNICOTT, ALASKA)

The grey clouds were still covering the sky without respite. Expecting rain again. The beat of raindrops on the mud and footprints in the puddles composed the soundtrack to those days. Maybe next day it dawned sunny to cross the glacier.

Before coming to McCarthy the cars must be left aside to cross a bridge. The van had to stay behind and some trolleys helped to pass the backpacks across on the steely waters. There stands the village as a real frontier post, like something out of a western movie, at the edge of the vast and white Wrangell-Saint Elias national park that spans on ice and mountains to the Canadian border where it changes name but not identity. From McCarthy, another van took us to the end of the road, to the last village, almost impossible, a ghost town.
 


Kennicott is on the map by a miracle. Because a luxurious lodge has installed on their forgotten streets, because the endless ice sea begins at the back door. Because Kennicott hardly is. Its red walls houses crumble  in the rain and hail, rusty chimneys fight the cold wind that travels cloaked, doors and windows do not hide anything behind the broken glasses. Kennicott perfectly fits the classical myth of the abandoned mining town, London´s or Chaplin´s gold-rush, that once was light, laughter and gunfire, music on the balconies and gold in the pockets, but with the end of dreams became empty and soulless like a vague memory of new moon. Today's dreams, tomorrow's nightmares. Wooden buildings rise on the hills over the river disappearing among the trees and vegetation that grows wildly. Black bears dare to stroll through its shadows in search of food or unaware tourists. Some houses, however, look fresh paint and new windows, something is being restored as the mountain guides company proclaims treks and climbings on the old ice of the glacier.

The weather was not better and, inevitably, dense rain began to fall on Kennicott shading the afternoon light. The body required to spend the night in the deserted streets of the town, pitching the tent anywhere or looking for a roof without holes, as the carpeted rooms of the lodge were out of question. But the plan was camping on the Root Glacier moraine to cross it the next day to the other side of the glass tongue, even though we had to dinner with the raincoat on. So crushed by the weight of the backpacks and the gloomy clouds, assaulted by the constant rain, we followed the path up the valley leaving Kennicot's skeleton of red houses to sleep and dream of gold. 

(Kennicott, August 2009)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

lunes, 4 de julio de 2011

CHARLIE (ZAMBIA)



 Charlie era grande y gris, aunque a la luz poniente de la tarde su piel rugosa se tornaba rosada, siena y algo de chocolate. Charlie tenía dos enormes orejas recortadas, dos gruesos colmillos algo sucios y cinco patas.

Charlie habitaba entre las hierbas y árboles al norte del río Luangwa, donde los hipopótamos dormitaban en espesos grupos de piel roja. Aún no nos habían presentado pero Charlie se encargó de hacerse notar.

La primera vez que le vi fue como un espejismo. Dando botes en el asiento, mientras las moscas tse-tse se daban un festín en mis pantorrillas, el todoterreno nos acercaba al Buffalo Camp desde la entrada del parque por la pista de arcilla a la sombra escuálida de los árboles donde habitaban los marabúes. En una curva del camino llegamos a un vado de piedras blancas que cruzaba el fantasma de un río y, antes de abandonar las frondas, me pareció divisar el rostro inconfundible de un elefante delante de nosotros. Pero la visión se esfumó en un segundo. Sin embargo, lo que me pareció un sueño se convirtió, al salir al claro, en enorme realidad.

Charlie alzaba su estatura colosal al otro lado del río, ocupando la salida del vado, y de ninguna manera parecía dispuesto a ceder el paso. Sin duda había bajado a beber al arroyo y de repente se había encontrado con ese otro animal ruidoso y feo que pretendía cruzar por el otro lado. Paramos el motor y nos observamos mutuamente con respeto. No era cuestión de disputarle el territorio. Además Charlie no parecía estar de muy buen humor. Agitó sus orejas  furiosamente como dos gigantescos abanicos y balanceó la trompa amenazadoramente. Barritando irritado, caminó de atrás adelante haciendo amagos de cargar. Y para colmo tenía cinco patas... Elefante enfadado y en celo... mala combinación.

Charlie gruñó, bufó, resopló, nos miró con muy mala cara, pero al final, optó por llevarse su enojo a otra parte mientras bamboleaba su corpachón río arriba sin cesar de volverse a mirarnos. Con mucho cuidado, reemprendimos la marcha y cruzamos a toda pastilla rebotando contra las rocas del lecho rezando para que el coche no se parara y Charlie no cambiara de opinión.

En el Buffalo Camp, cuando le narramos la aventura, Mark nos dijo que se trataba de Charlie, un visitante habitual del campamento y a quien seguro volveríamos a encontrar a no mucho tardar. La primera noche junto al río, intentando dormir bajo la telaraña de la mosquitera, un ruido me despertó. Algo que no eran los ruidos normales, aunque fascinantes, de la noche africana, ni siquiera el estruendo feroz de los búfalos cruzando la corriente bajo la cabaña, sino algo más cercano, justo al otro lado de la efímera pared de cañas. Algo que llamaba a la puerta. Por suerte, o desgracia, Mark nos había aleccionado sobre los posibles visitantes nocturnos y la precaución de cerrar bien la puerta de paja, si eso era posible, porque las hienas merodeaban a sus anchas y no era extraño que Charlie decidiera venir a saludar. La consigna, si aparecía, era no mover ni un músculo, no abrir la boca y no alumbrarle con la linterna a los ojos. Como si no existiera. El ruido fue creciendo en intensidad, como si alguien estuviera barriendo el techo de la cabaña o pretendiera echarlo abajo. De repente tuve una revelación: Charlie se estaba comiendo el techo de la cabaña. Mala idea intentar hacerle cambiar de menú. Que le aprovechara. Mejor quedarme quieto como una estatua con la vista fija en el cielo negro esperando de un momento a otro ver su hercúlea cabeza aparecer contra el fondo estrellado en busca del postre. Poco a poco el ruido fue cesando y me quedé dormido en un sueño inquieto de extrañas sombras.

A la mañana comprobamos que Charlie se había dado un buen banquete pues parte del techo de la cabaña estaba en el suelo pero por suerte parece que no le gustó demasiado.  En el fondo me cayó bien Charlie.

(North Luangwa, agosto de 2008)


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CHARLIE  (ZAMBIA) 

Charlie was big and grey, but on the setting afternoon light his rough skin turned pink, sienna, and some chocolate. Charlie had two huge clipped ears, two large and somewhat dirty tusks and five legs.

Charlie lived among the grass and trees north of the Luangwa River, where hippos were dozing in thick red skin groups. Although we had not been introduced but Charlie managed to get himself noticed. 

The first time I saw him was like a mirage. Bouncing on the seat, while the tsetse flies feasted on my calfs, the 4WD got us closer to the Buffalo Camp from the park entrance on the dirt track in the shade of the squalid trees where marabou dwelt. At a bend in the road we came to a white stones ford that crossed the ghost of a river and, before leaving the foliage, I thought I spotted the unmistakable face of an elephant in front of us. But the vision was gone in a second. However, what it seemed like a dream became, out of the clearing, tremendous reality. 

Charlie raised his colossal stature across the river, filling the ford's exit, and in no way he seemed willing to yield. No doubt it was down to drink by the stream and had suddenly found that other noisy and ugly animal intending to cross the other side. We stopped the engine and we looked each other with respect. There was no question of challenging the territory. Moreover Charlie did not seem in very good mood. He waved furiously his ears as two giant fans and swung the trunk menacingly. Trumpeting angrily, he walked back and forth making threats of charge. And to top he had five legs... Angry elephant in heat ... bad combination. 

Charlie grunted, snorted, puffed, looked at us with an angry face, but eventually he chose to take his anger elsewhere swaying his bulk upriver while looking back to us constantly. Carefully, we resumed the way and crossed at full speed bouncing on the riverbed rocks and praying that the car did not stop and Charlie did not change his mind.

At Buffalo Camp, when we narrated the adventure, Mark told us that it was Charlie, a frequent visitor to the camp and who for sure we would meet again not much later. The first night by the river, trying to sleep under the web of mosquito net, a noise woke me up. Something different to the usual but fascinating sounds of African night, not even the fierce thunder of buffalos crossing the stream under the hut, but something closer, just across the ephemeral wall of reeds. Something knocking on the door. Fortunately, or unfortunately, Mark had told us about possible nocturnal visitors and the precaution to lock the door of straw, if possible, because the hyenas prowled at ease and it was not surprising that Charlie decided to come say hello. The order, if he appeared, was not to move a muscle, not open your mouth and never shine the flashlight into his eyes. As if he was not there. The noise grew louder, as if someone was sweeping the roof of the cabin or intended to cast it down. Suddenly I had a revelation: Charlie was eating the roof of the cabin. Bad idea to try to change his menu. Have a nice meal!. Better lie still like a statue staring at the black sky and expecting to see any moment his Herculean head appear for the dessert against the starry background. Gradually the noise ceased and I fell asleep in a restless sleep of strange shadows.

In the morning we found that Charlie had had a good meal since part of the cabin roof was lying on the ground but luckily he did not like it too much. Actually I liked Charlie.

(North Luangwa, August 2008)
 

(c) Copyright del texto y de las fotos : Joaquín Moncó

viernes, 1 de julio de 2011

EN EL FILO: ARISTA OESTE DEL TXINDOKI Y ARISTA NE DE PEÑA EZKAURRE



Unos días de fiesta, una huida del infierno abrasador de la ciudad en el mes de junio en busca de las sombras frescas del norte. Primera parada en las verdes campas guipuzcoanas donde el txirimiri nos recibe nada más llegar haciéndonos notar que allí el fuego no quema tanto como en el averno. Por la mañana, desde Larraitz emprendemos el camino cuesta arriba entre nieblas y ovejas, vacas color canela campo a través ignorando las senda, siempre hacia arriba hasta llegar a pie de arista. El Txindoki, cumbre mítica para mí por muchos aspectos, sigue entre velos negándose a mostrar su rostro, pero los brillantes valles y pueblos del Goiherri comienzan a lucir sus mejores galas allá abajo. Incluso a lo lejos, entre brumas y espejismos, se intuye el mar.


A lomos del Larrunarri nos encaramamos a la arista con pies de gato y dedos tiesos por el frío. La caliza resbala jabonosa en el primer diedro de IV hasta que abandonamos la sombra y el sol nos recibe con los brazos abiertos. La chimenea de III repta sobre el abismo y más adelante la placa de IV se alza como una frontera. El último largo de IV+ chorrea agua y miedo pero con maña, fuerza y acrobacias queda atrás. A partir de entonces las cuerdas vuelven a la mochila, las botas a los pies y la sangre al corazón, todo se convierte en un paseo gozoso por la espalda de piedra herbosa rodeados del mar verde e inmenso de Aralar.



De oca a oca y esa misma noche dormimos en Zuriza. Cambio de tercio en las primeras cumbres del Pirineo. Un día de sol de justicia nos queda por delante surcando la proa prehistórica que dibuja la arista Nordeste de Peña Ezkaurre. El calor aprieta y el agua desaparece como por ensalmo. Pies, manos y cuerdas se confunden entre los paños grises de la montaña por donde crece la hierba en cualquier resquicio. El paso de IV se disfruta y da por finalizada la escalada, pero no la aventura, que no ha hecho más que empezar. Las horas avanzan rápidamente por la cuerda del rápel, los cantos afilados, las piedras sueltas, las malas hierbas, la sombra inexistente e imposible hasta que el cielo lo inunda todo y la ancha cumbre me rodea.
  
(Txindoki y Peña Ezkaurre, 24 y 25 de junio de 2011)





(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó

lunes, 27 de junio de 2011

PINTURA AL ÓLEO SOBRE LIENZO AFRICANO (MOZAMBIQUE Y TANZANIA)



 El aeródromo en Moçimboa de Praia apenas era. Un breve edificio a medio construir o a medio derruir, con una torre que no alzaba gran cosa, una báscula para elefantes y nadie por los alrededores. Sólo el cielo azul de Mozambique y el sol. A resguardo de la sombra fue pasando lento el tiempo hasta que un par de empleados aparecieron con la calma que da una pista tan poco frecuentada. No había prisa. Las avionetas estaban previstas y vendrían.

Tras unos breves trámites entre risas y bromas, salimos a la pista donde debería posarse la avioneta en algún momento, aunque aún no se divisaba ningún destello en el cielo. Al poco, un rumor apagado fue tomando cuerpo, como una mosca perdida en el espacio, hasta que se transformó en un claro zumbido de gasolina, en dos alas y un motor. La avioneta aterrizó ágilmente sobre el asfalto claro y un piloto de inmaculada camisa blanca nos saludó en inglés con acento alemán. En un instante cargamos los petates en la panza del aparato y nos atamos a los asientos pegados al cristal de la ventanilla dispuestos a no perdernos el espectáculo. Con unos brincos y botes la avioneta se alzó en el aire rumbo a la frontera tanzana. Mozambique desapareció tan pronto como comenzó y antes de darnos cuenta descendíamos al otro lado de la línea, en Mtwara, para cumplir con los obligados trámites de visados y permisos en el pasaporte. Una bolsa de anacardos de la tierra hizo la espera más sabrosa.

Dar, Zanzíbar, Selous..., destinos posibles en alas de pájaro, espejismos entre las nubes de Africa, sueños tropicales.  De nuevo en el aire, el rumbo siguió hacie el norte camino de la reserva de Selous calcando la línea de la costa del Índico que se perfilaba tresmil metros por debajo de la cabina. Con un pincel colosal fue dibujando un lienzo sublime en el que la naturaleza se difuminaba en brochazos de óleo, en rastros de pintura, azul, cobalto, turquesa donde los bajíos se deshacían en la orilla; ocres, amarillos, pardos donde la tierra se volvía agua. El cuadro kilométrico se extendió hasta que la mancha verde del delta anunció la desembocadura del río Rufiji como una bandera al viento. Las aguas turbias se desperezaban lentas entre los bancales de arena portando limo y sueños profundos. Incluso me pareció discernir algunos hipopótamos solazándose en las riberas.

El lienzo volvió a hacerse Tanzania cuando la avioneta aterrizó en la pista de tierra que se abría en la sabana como una cicatriz caliente.

(Cruzando la frontera entre Mozambique y Tanzania, en agosto de 2008)







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OIL PAINTING ON AFRICAN CANVAS (MOZAMBIQUE AND TANZANIA) 

Moçimboa de Praia airport hardly was. A small half-built or half-crumbled building, with a short tower, an scale for elephants and nobody nearby. Just Mozambique blue sky and the sun. Sheltered in the shade, time was passing by slowly until a couple of employees came up with the calm that gives such an empty track. There was no hurry. The planes were planned and will come.

After a few formalities, laughing and joking, we went out to the track where the small plane should land at some point, although we could not see any gleam in the sky yet. Soon, a far buzzing began to take shape, like a fly lost in outer space, until it became a clear humming of gasoline, two wings and an engine. The plane landed nimbly on the pale track and a pilot in a spotless white shirt greeted us in English with German accent. In an flash we loaded the bags in the belly of the plane and fastened to the seats stuck to the window glass not to miss the show. With some bumps and leaps the small plane jumped into the air towards the Tanzanian border. Mozambique disappeared as soon as it started and suddenly we were descending across the line in Mtwara, to go through the formalities of required permits and visas on the passport. A bag of local cashews made the wait more palatable.

Dar, Zanzibar, Selous... possible destinations on bird wings, illusions amongst African clouds, tropical dreams. Back in the air, heading on north on the way to Selous reserve tracing the line of the Indian Ocean coast outlined three thousand meters below the cabin. With a colossal brush it painted on a sublime canvas where nature was blurring in oil brushstrokes, in traces of paint, blue, cobalt, turquoise where shallows dissolved on the shore; ocher, yellow, brown where the land became water. The huge picture extended until the Delta green stain announced the Rufiji River mouth like a flag flying. The muddy waters slowly stretched between the sand beds carrying slime and deep sleep. Even I saw some hippos basking on the banks. 

The canvas became Tanzania again when the plane landed on the dirt track that opened in the bush like a hot scar. 

(Crossing the border between Mozambique and Tanzania in August 2008)


(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó

DE LA MISMA MATERIA QUE LOS SUEÑOS (SELOUS, TANZANIA)



El sol ardía implacable sobre la sabana haciendo crujir la hierba. Las sombras se encogían tímidamente sobre los troncos de las acacias buscando apagar su alma contra la corteza donde el círculo infernal no pudiera alcanzarlas. Y tras las sombras huíamos nosotros en busca de cobijo.

La visita relámpago a Selous no daba para mucho. La reserva más grande de Tanzania, del tamaño de Suiza y ni mucho menos la más visitada, requeriría varios viajes para recorrerla, pero en esa ocasión apenas disponía de una tarde y una mañana. Las horas crepusculares pasaron a bordo de una barca por medio de aquel jardín magnífico y la noche brillante del trópico exhaló su aliento de olor dulce sobre el campamento entre trompas de elefantes inesperadas, partidas de bao y escorpiones negros agazapados. Pero esas horas dan para otro cuento que no es éste. La última mañana, antes de volver a brincar en la avioneta rumbo a Dar es Salam, emprendimos el último juego a lomos del coche para ver si alguno de los cinco grandes, o cualquier otro más pequeño, nos concedía el honor. Fue una afortunada mañana de sol donde leones y licaones nos regalaron su estampa soberbia, pero la sorpresa final estaba por llegar, la más bella, definitiva.

La senda se estrechaba entre las altas hierbas doradas y las copas de las acacias. Un cierto sopor comenzaba a poseerme bajo la sombra mínima del ala del sombrero a resguardo del martillo solar. El extraño aroma dulzón que había percibido desde mi llegada continuaba rodeándome como un perfume antiguo, almizcle de reyes. De repente, las palabras mágicas surgieron en el aire. El ranger que conducía el coche señalaba hacia el laberinto de la acacia que se alzaba sobre nuestras cabezas. "¡Leopard"! Miré hacia arriba pero sólo ví ramas y hojas. Tuve que mirar varias veces para comprender el sorprendente mimetismo. Las manchas y claros de su piel se mezclaban de manera perfecta con los nudos y rugosidades de la corteza, con las sombras y luces del árbol. Pero ahí estaba, elegante, etéreo, grácil, hecho de aire y sueño. Con despreocupación, ignorando las rafagas de disparos que atronaban en torno, el leopardo se paseó por la rama como un modelo en una pasarela, descendió en un salto fugaz al suelo y desfiló pausadamente ante nosotros con la  seguridad de saberse hermoso, inalcanzable, efímero.

El leopardo desapareció difuminando su silueta perfecta entre las sombras doradas de la sabana, buscando otra acacia donde reposar hasta la hora nocturna de caza, donde los simples mortales no pudieran molestarle con sus rifles de cristal, regresar por un instante al sueño del que procede, ser luz y noche.

(Panthera pardus)

(Parque de Selous, agosto de 2008)





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OF THE SAME STUFF AS DREAMS  (SELOUS, TANZANIA)

The sun burned relentless on the savanna crunching the grass. The shadows shrank timidly around the acacia trees trunks trying to extinguish their soul on the bark where the infernal circle could not reach them. And after the shadows we were fleeing for shelter as well.

The flying visit to Selous did not allow too much. The largest reserve in Tanzania, the size of Switzerland and by no means the most visited, would require several trips to tour, but this time I had only one evening and one morning. The twilight hours spent aboard a boat through that magnificent garden and bright tropical night exhaled its breath of sweet smell over the camp amongst unexpected elephant trunks, games of bao and crouching black scorpions. But those hours are for another story that it is not this one. The last morning, before hopping back on the plane bound for Dar es Salaam, we started our last game drive to see if any of the big five, or any smaller, granted us the honor. It was a lucky sunny morning where lions and wild dogs gave us their superb image, but the final surprise was to come, the most beautiful, absolute.
 

The path narrowed between the tall golden grass and the tops of the acacias. Some kind of slumber began to possess me in the shade of my tiny hat brim sheltered from the solar hammer. The odd sweet scent that I had smelt since my arrival went around me like an old perfume, musk of kings. Suddenly, the magic words came into the air. The ranger who was driving the car pointed toward the acacia tree maze that rose above our heads. "Leopard"! I looked up but I only saw branches and leaves. I had to look several times to understand the amazing mimicry. Spots and clearings on its skin perfectly mingled with the knots and roughness on the bark, with the shadows and lights of the tree. But there it was, elegant, ethereal, graceful, made of air and reverie. Nonchalantly, ignoring the bursts of shots that thundered around, the leopard walked on the branch as a model on a catwalk, jumped down swiftly on the ground and calmly paraded before us with the certainty of being beautiful, unattainable, ephemeral. 

The leopard disappeared blurring its perfect silhouette into the golden shadows of the savanna looking for another acacia tree to rest until night time hunting, where mere mortals could not bother it with their glass guns, to return for an instant to the dream from which it comes, be light and night

(Panthera pardus)

(Selous Park, August 2008)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó