Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.

martes, 7 de junio de 2011

OLA HELADA




Cabalgando en la ola helada
en un instante detenido del tiempo
como en un cuadro japonés
donde cada cristal es un laberinto infinito
de espacio y de electrones
en la punta de mis pies y de mis dedos
fotones petrificados
que convierten en polvo el horizonte
en duda sólida azul
en agua lenta donde me disuelvo




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FROZEN WAVE

Riding the frozen wave 
in an stopped moment of time 
like in a Japanese painting 
where each crystal is an infinite maze 
of space and electrons 
at the tip of my toes and my fingers 
petrified photons 
turning the horizon into dust 
into solid blue doubt 
into slow water where I dissolve


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

viernes, 3 de junio de 2011

EN LA TELARAÑA: CORREDOR JORDI SOLÉ AL PICO RUSSELL



fino hilo azul que se quiebra
el invierno se deshace en primavera
la sombra se convierte en luz
la noche sideral en vigilia
tres por uno en la fisura
de uno en uno por la grieta
a caballo de la piedra y el hielo
estrecho camino al sol
clavos en el agua dura
piedras frías en la tripa
la cuerda que rasga el alba
los pies que arañan la tierra
roca seca descompuesta
lluvia negra de montaña
con los pies y con las manos
por la vieja telaraña
remontando el espinazo
asaltando la muralla
entre bombas y explosiones
hasta el final de la línea
que se quiebra en un instante
al borde invisible de la niebla
donde termina la materia
y el vacío se avalanza en oleadas
huellas blancas sin respuesta
buscando el regreso a casa
por paredes de sal y  azúcar
que se rompen en estrellas
entre nubes y saliva
el aire se torna suelo
donde comienza la vuelta

(Pico Russell, Pirineos, 28 de mayo de 2011)





(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 2 de junio de 2011

SIRIO EN MIS SUEÑOS (KOMODO Y RINCA, INDONESIA)



La noche errática del trópico rodaba sobre los mástiles del barco. El Felicia se mecía suavemente anclado en las aguas coralinas de la bahía el borde de la arena rosa. Tumbado en la cubierta de madera del velero, dejaba que la respiración del mar fuera abrazándome pausadamente mientras la tiniebla brillante iba rodeando las amuras y los cabos. El barco dormía y la noche se desperezaba sobre las copas de los árboles en las islas, agitando un viento de hojas, un rumor de olas, que flotaba sobre la costa soñolienta.

El cielo se fue tiñendo a medida que el último fulgor naranja sobre el horizonte se quebró en una línea invisible y, silenciosamente, las estrellas indonesias comenzaron a invadir el techo oscuro sobre las velas recogidas. Hacía un buen rato que los últimos zorros voladores habían cruzado sobre el barco siguiendo a la bandada incontable que embadurnó la tarde de gritos y alas en su viaje cíclico de isla en isla a por su ración diaria de fruta. La luna plateada pugnaba por dominar el campo sin nubes barriendo con su haz dilatado cualquier mínima candela, pero la noche avanzaba y un sopor ancestral me venció en un sueño difuso de dragones, tiburones y flores hermosas.

Un sabor dulce en los labios me despertó arrastrándome sobre la cubierta. Otra gota en la frente. Una nube solitaria  más oscura que la noche navegaba sobre el Felicia en su tránsito ajeno y descargó parte de su peso inverosímil sobre la bahía. Apenas una alarma, un chaparrón interrumpido que me volvió a sumir en un sueño inocente. La segunda vez no me despertó la lluvia. La luna ya se había ocultado tras el arco oscuro del mar pero una luz imponente se mantenía encendida enfrente de mí, colgada en el cielo, como si alguien se hubiera olvidado de apagar la última bombilla. Las demás estrellas palidecían en su entorno, por sí sola podía iluminar toda la noche y alumbrar el barco con una luz de mercurio, mitad luz y mitad sombra.

El ojo del perro, Sirio, en el Can Mayor, me atisbaba desde su distancia imposible siguiendo las huellas de Orión en su eterna caza. Sirio de los egipcios y de los dogones, la estrella más brillante de todo el firmamento. Nos observamos mutuamente mientras todos los demás dormían alrededor ajenos a tan emocionante encuentro. La comunión duró un instante, hasta que volví a quedarme dormido.

A la tercera vez que me desperté, la luz ya reinaba sobre el océano y un amanecer de sol dorado se derramaba sobre el agua hasta el barco. Los primeros zorros voladores regresaban tras su festín nocturno comenzando a cubrir el aire. Sirio era apenas ya un sueño.

(Komodo y Rinca, agosto de 2007)





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SIRIUS IN MY DREAMS  (KOMODO AND RINCA, INDONESIA)  

The erratic tropical night rolled over the ship's masts. Felicia rocked gently anchored in the bay's coral waters at the edge of the pink sand. Lying on the wooden deck of the sailing boat, I let the breath of the sea were slowly embracing me as the bright darkness surrounded bows and ropes. The ship was sleeping and the night stretched over the tops of the trees on the islands, waving a wind of leaves, a murmur of waves, floating on the sleepy shore.

The sky was staining as the last orange glow on the horizon was broken in an invisible line and, silently, the Indonesian stars began to invade the dark ceiling over the furled sails. It was a long time the last flying foxes had crossed over the ship following the countless flock who daubed the evening with cries and wings on his cyclical journey from island to island for their daily share of fruit. The silvery moon struggled to dominate the unclouded field sweeping with its extensive beam any candle, but the night waned and an ancestral slumber overcame me in a fuzzy dream of dragons, sharks and beautiful flowers.
 


A sweet taste in the mouth woke me up dragging me on the deck. Another drop on the forehead. A solitary cloud darker than night was sailing in its alien transit over Felicia and unloaded part of its unlikely weight on the bay. Just a warning, an interrupted shower that plunged me again in an innocent dream. The second time I was not woken up by the rain. The moon was already hidden behind the dark arch of the sea but an impressive light remained lit in front of me, hung in the sky, as if someone had forgotten to turn off the last light bulb. Other stars paled around, by itself it could illuminate the night and light up the boat with a mercury light, half light, half shade.

The dog's eye, Sirius, in Canis Major, peeped at me from its impossible distance following Orion's footsteps in his everlasting hunt. Egyptians and Dogon's Sirius, the brightest star in the entire sky. We looked at each other while everyone else slept around unaware of such an exciting meeting. The connection lasted a moment, until I fell asleep again.

The third time I woke up, the light reigned over the ocean and a golden sun dawn spilled on the water to the ship. The first flying foxes returned after their night feast beginning to fill the air. Sirius was just as a dream.

(Komodo and Rinca, August 2007)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

NIÑOS (ETIOPÍA)



Por mucho que se viaje a África nunca se la puede llegar a conocer del todo, siempre acaba sorprendiendo. África lo es todo y no es nada, es lo que nos gustaría ser y el temor más oscuro en el corazón, la cuna y la tumba. Como dijo el maestro Kapuscinski, "África existe para sí misma y dentro de sí misma, como un continente aparte, eterno y cerrado (...) como una parte del mundo cargada con una especie de electricidad inquieta y violenta" y que "en realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe".

Y todo aquello que se diga de África, puede predicarse de Etiopía. Enorme, inconmensurable, infinita. Desierto, selva, montaña, patria de ríos y madre del Nilo Azul, donde la tierra se quiebra en abismos terribles y cumbres de nieve ajena, donde el suelo se hunde en pozos de azufre y el infierno conquista, babel de lenguas, razas, religiones.

Etiopía es también tierra de hombres y mujeres. De la piel de ébano lustrosa en las riberas del Omo, de la cruz cismática y del arca de la alianza, del amhárico y del ge'ez, de las caravanas de camellos cargadas de sal de los Afar, del canto solitario de los minaretes de Harar, del Mercato inabarcable de Addis.

Pero sobre todo Etiopía es tierra de niños. Por todas partes, desarrapados, descalzos, sucios, quebrados a veces, temerosos. En cualquier plaza, en cualquier poblado, surgiendo de los bordes del camino desde no se sabe dónde, siempre aparecen los niños y las niñas en África, en Etiopía, pues los niños son los habitantes que pueblan esa tierra como granos de polen llevados por el viento. Y los niños africanos, a pesar de todo, son sonrisas, sueños, esperanza, son el rayo de luz, la lluvia, la luna llena.

(Etiopía, abril de 2011)










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CHILDREN  (ETHIOPIA)

However much you travel to Africa, you never know it at all, it always surprises you. Africa is everything and is nothing, it is what I'd like to be and the darker fear in my heart, the cradle and the grave. As the master Kapuscinski said, "Africa exists for itself and within itself, as a separate, eternal and closed continent (...) as a part of the world charged with a kind of restless and violent electricity" and that "indeed, except for the geographical name, Africa does not exist. "

And everything that is said about Africa can be predicated of Ethiopia. Vast, immeasurable, infinite. Desert, jungle, mountain, rivers homeland and Blue Nile's mother, where the land is broken into awful chasms and peaks of odd snow, where the ground is sinking into brimstone pits and hell conquests, babel of languages, races, religions .

Ethiopia is also land of men and women. Of the shiny ebony skin on the river Omo banks, of the schismatic cross and the Ark of the Covenant, of amharic and Ge'ez, of the Afar's camel caravans laden with salt, of the solitary chant from Harar minarets, of the unfathomable Mercato in Addis.

But above all, Ethiopia is a land of children. Everywhere, ragged, barefoot, dirty, broken at times, fearful. In any square, any village, emerging on the edges of the road from nowhere, always appear boys and girls in Africa, in Ethiopia, as children are the people who inhabit this land as pollen grains carried by the wind. And African children, after all, are smiles, dreams, hope, they are the ray of light, the rain, the full moon.

(Ethiopia, April 2011)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

POR LA PUERTA DE ATRÁS: CORREDOR ESTASEN AL ANETO


Corredor Estasen al Aneto desde el collado de Coronas

El Aneto hay que subirlo, si no todos los años, al menos de vez en cuando. Y podemos elegir una manera diferente de encarmarnos a su corona de monarca del Pirineo en cada intento. Ya sea por la vía normal de la Renclusa y los Portillones atravesando su cada vez más escuálido glaciar, con los esquíes en los pies desde Aigualluts, por el la hermosa vertiente de los ibones de Coronas y su collado, escalando el lomo erizado a algunas de sus aristas como la de Llosás o la enorme Salenques-Tempestades o, como elegí en los últimos coletazos de mayo, colarse por la puerta de atrás que abre el elegante corredor Estasen.

Aunque el verano amenaza en las tierras bajas y el mercurio ya flirtea de manera habitual con las marcas altas del termómetro, en el país de la montaña la primavera campa aún a su antojo paseando sus flores y su verdor por los valles y  lomas. Y en el reino de las alturas, cerca delos 3000 metros, el invierno aún se agarra con dedos fieros a las rocas. Los lagos siguen convertidos en piedra mientras que la nieve aún se acumula en los collados aguardando a que le llegue su hora. El Estasen luce magnífico todavía en esas fechas e invita a escalarlo hasta la misma cruz del Aneto. 

Flanqueado a su derecha por la quebrada arista de Llosás, el corredor se desliza zizagueando en una amplia pala nevada que paso a paso nos acaba izando a la espalda del rey, terminando en un colladito nevado sobre la arista. Para animar la jornada, tomamos una variante más estrecha y empinada que se encarama junto a la aguja Daviu y que alguien bautizó como Petit Black. Desde su salida, un paseo vertiginoso sobre el final de la cresta nevada y una trepada a cuatro manos nos lleva a la cima del Aneto bajo unas nubes cada vez más oscuras y ominosas. Ya sólo queda cruzar el puente insólito que forma el Paso de Mahoma y alcanzar el collado de Coronas para regresar a los cuarteles. Como despedida, el cielo se abre en el descenso regalándonos rayos, truenos y espesas gotas de lluvia.

(Pirineos, Aneto, 21 de mayo de 2011) 

Aneto desde los ibones de Coronas
Subiendo por el corredor
A caballo de la arista a la salida del Petit Black
Terminando la arista de Llosás camino de la cima


(c) Copyright del texto y de mis fotos: Joaquín Moncó