Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.

lunes, 27 de junio de 2011

DE LA MISMA MATERIA QUE LOS SUEÑOS (SELOUS, TANZANIA)



El sol ardía implacable sobre la sabana haciendo crujir la hierba. Las sombras se encogían tímidamente sobre los troncos de las acacias buscando apagar su alma contra la corteza donde el círculo infernal no pudiera alcanzarlas. Y tras las sombras huíamos nosotros en busca de cobijo.

La visita relámpago a Selous no daba para mucho. La reserva más grande de Tanzania, del tamaño de Suiza y ni mucho menos la más visitada, requeriría varios viajes para recorrerla, pero en esa ocasión apenas disponía de una tarde y una mañana. Las horas crepusculares pasaron a bordo de una barca por medio de aquel jardín magnífico y la noche brillante del trópico exhaló su aliento de olor dulce sobre el campamento entre trompas de elefantes inesperadas, partidas de bao y escorpiones negros agazapados. Pero esas horas dan para otro cuento que no es éste. La última mañana, antes de volver a brincar en la avioneta rumbo a Dar es Salam, emprendimos el último juego a lomos del coche para ver si alguno de los cinco grandes, o cualquier otro más pequeño, nos concedía el honor. Fue una afortunada mañana de sol donde leones y licaones nos regalaron su estampa soberbia, pero la sorpresa final estaba por llegar, la más bella, definitiva.

La senda se estrechaba entre las altas hierbas doradas y las copas de las acacias. Un cierto sopor comenzaba a poseerme bajo la sombra mínima del ala del sombrero a resguardo del martillo solar. El extraño aroma dulzón que había percibido desde mi llegada continuaba rodeándome como un perfume antiguo, almizcle de reyes. De repente, las palabras mágicas surgieron en el aire. El ranger que conducía el coche señalaba hacia el laberinto de la acacia que se alzaba sobre nuestras cabezas. "¡Leopard"! Miré hacia arriba pero sólo ví ramas y hojas. Tuve que mirar varias veces para comprender el sorprendente mimetismo. Las manchas y claros de su piel se mezclaban de manera perfecta con los nudos y rugosidades de la corteza, con las sombras y luces del árbol. Pero ahí estaba, elegante, etéreo, grácil, hecho de aire y sueño. Con despreocupación, ignorando las rafagas de disparos que atronaban en torno, el leopardo se paseó por la rama como un modelo en una pasarela, descendió en un salto fugaz al suelo y desfiló pausadamente ante nosotros con la  seguridad de saberse hermoso, inalcanzable, efímero.

El leopardo desapareció difuminando su silueta perfecta entre las sombras doradas de la sabana, buscando otra acacia donde reposar hasta la hora nocturna de caza, donde los simples mortales no pudieran molestarle con sus rifles de cristal, regresar por un instante al sueño del que procede, ser luz y noche.

(Panthera pardus)

(Parque de Selous, agosto de 2008)





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OF THE SAME STUFF AS DREAMS  (SELOUS, TANZANIA)

The sun burned relentless on the savanna crunching the grass. The shadows shrank timidly around the acacia trees trunks trying to extinguish their soul on the bark where the infernal circle could not reach them. And after the shadows we were fleeing for shelter as well.

The flying visit to Selous did not allow too much. The largest reserve in Tanzania, the size of Switzerland and by no means the most visited, would require several trips to tour, but this time I had only one evening and one morning. The twilight hours spent aboard a boat through that magnificent garden and bright tropical night exhaled its breath of sweet smell over the camp amongst unexpected elephant trunks, games of bao and crouching black scorpions. But those hours are for another story that it is not this one. The last morning, before hopping back on the plane bound for Dar es Salaam, we started our last game drive to see if any of the big five, or any smaller, granted us the honor. It was a lucky sunny morning where lions and wild dogs gave us their superb image, but the final surprise was to come, the most beautiful, absolute.
 

The path narrowed between the tall golden grass and the tops of the acacias. Some kind of slumber began to possess me in the shade of my tiny hat brim sheltered from the solar hammer. The odd sweet scent that I had smelt since my arrival went around me like an old perfume, musk of kings. Suddenly, the magic words came into the air. The ranger who was driving the car pointed toward the acacia tree maze that rose above our heads. "Leopard"! I looked up but I only saw branches and leaves. I had to look several times to understand the amazing mimicry. Spots and clearings on its skin perfectly mingled with the knots and roughness on the bark, with the shadows and lights of the tree. But there it was, elegant, ethereal, graceful, made of air and reverie. Nonchalantly, ignoring the bursts of shots that thundered around, the leopard walked on the branch as a model on a catwalk, jumped down swiftly on the ground and calmly paraded before us with the certainty of being beautiful, unattainable, ephemeral. 

The leopard disappeared blurring its perfect silhouette into the golden shadows of the savanna looking for another acacia tree to rest until night time hunting, where mere mortals could not bother it with their glass guns, to return for an instant to the dream from which it comes, be light and night

(Panthera pardus)

(Selous Park, August 2008)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

jueves, 16 de junio de 2011

FORMAS DE AGUA (ALASKA)



Alaska me da el primer golpe. Golpe bajo sin esperarlo. Me aplasta y derriba con el primer puñetazo directo al mentón nada más salir de Anchorage. La ciudad se disuelve tímidamente y desaparece engullida por la naturaleza que asedia tenazmente cualquier atisbo de civilización. Las placas amarillas de los coches lo proclaman con orgullo de verdad lapidaria.  The Last Frontier. La última frontera que se dibuja en el mapa antes de cruzar al infinito.

Alaska me apabulla con su paisaje inconcebible de bosques sin fin, de montañas siempre, de azul glaciar, de ríos sin cuento, de agua. Quizás sobre todo de agua. Alaska es agua. 

Agua espesa rodando por los meandros de los ríos que se deslizan cautamente, a veces con violencia, anegando los valles. Como el Mat-Su Valley, donde el Susitna y el Matanuska se alían para hacer brotar de la tierra hortalizas gigantescas dignas de galardón. 

Agua lenta de temperatura imposible que se derrama en miles de dedos gélidos desde la morrena, que se enrosca en torno a mis tobillos y pantorrillas hasta hacerme gritar de dolor mientras vadeo el desagüe del glaciar Muldrow que se precipita desde el Denali. 

Agua vieja, anciana, que circula por la autopista inmensa del glaciar Kahiltna con carriles blancos y mediana de morrena devastando a su paso todo lo que encuentra aunque sea a paso de hormiga, a vista de pájaro desde una avioneta que me zumba en los oídos.

Agua cúbica y cuadrada, resquebrajada en dados ciclópeos que tejen un tablero de casillas inverosímiles en el glaciar Exit. Lengua de hielo sideral  que se vierte al océano entre las brumas de la península Kenai donde alza un muro de truenos cada vez que se derrumba.

Agua hecha polvo, niebla, bruma constante que se agarra a las copas de los árboles, a las cumbres y raíces de la montañas, como banderas al viento, sin terminar nunca de soltarse.

Agua salada, de color acero, quebrantando el camino del ferry entre témpanos de hielo y leones marinos en Prince Williams Sound.  Agua de océano rebelde, impetuoso, cortado por las aletas de las orcas.

Agua de lluvia. Lluvia en el parabrisas de la furgoneta, lluvia en mi sobre de comida liofilizada en la morrena glaciar en la noche del parque Wrangell-Saint Elias, lluvia en la piragua entre castores y salmones del Slana, lluvia en el embarcadero de Valdez, lluvia, sólo lluvia.

Alaska también es agua.

(Alaska, agosto de 2009) 









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FORMS OF WATER  (ALASKA)

Alaska gives me the first blow. Unexpected low blow. It crushes me and knocks me down with the first punch to the chin just outside Anchorage. The city shyly dissolves away and disappears swallowed by nature stubbornly besieging any trace of civilization. Cars yellow plates proudly proclaim it: The Last Frontier. The final frontier drawn on the map before crossing into infinity.

Alaska overwhelms me with its
inconceivable landscape of endless forests, ever mountain, blue glacier, countless rivers, water. Perhaps especially water. Alaska is water.  

Thick water running down the meanders of rivers that glide cautiously, sometimes violently, flooding the valleys. As Mat-Su Valley, where Matanuska and Susitna rivers join forces to bring forth from the ground giant vegetables. 

Slow water at  impossible temperature pouring into thousands of icy fingers from the moraine, wraping around my ankles and calves making me scream in pain as I wade Muldrow Glacier draining from Mount Denali. 

Old water, ancient water, flowing through the huge highway of Kahiltna Glacier with white lanes and moraine median strip and devastating everything in its way even at ant pace, bird's eye view from a small plane buzzing in my ears.

Cubic and square water, broken into cyclopean cubes weaving implausible squares on a board in Exit Glacier. Sidereal ice tongue poured out into the ocean among Kenai Peninsula mists where it rises a wall of thunders every time that it collapses.

Water made ​​dust, fog, constant haze clinging to the tops of the trees, to the summits and roots of the mountains, like flags in the wind, never getting loose.

Salt water, steel-colored, breaking the path of the ferry among icebergs and sea lions at Prince Williams Sound. Rebellious ocean water, impulsive, cut by killer whales.

Rainwater. Rain on the van windshield, rain over my freeze-dried food on the moraine in the night of Wrangell-Saint Elias Park, rain on the canoe between beavers and Slana river salmons, rain on Valdez pier, rain, only rain.

Alaska also is water.

(Alaska, August 2009)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

martes, 7 de junio de 2011

EL FIN DEL MUNDO (SANTO ANTAO, CABO VERDE)



En el último rincón de la última isla llegamos a Ponta do Sol. Como un molusco aferrado a la roca, se despereza sobre los acantilados y los bajíos ganando terreno a las olas añiles. Delante, el océano atlántico inmenso y desbocado; a la espalda, la espesa tierra quebrada que abre abismos y lanzas en el interior.

Un avión desde Lisboa, otro desde Sal a Sao Vicente; un ferry perdido y otro hallado uniendo Mindelo con la última isla, Santo Antao, verde y ocre a partes iguales; una furgoneta por carreteras inverosímiles cruzando el corazón de hierro hasta casi tocar las nubes para lanzarse después cuesta abajo hasta clavar los frenos al borde del agua al otro lado del mundo.

Las calles de Ponta do Sol rezuman sal caribeña, música oculta en los pliegues de las faldas y las sandalias. La noche porta voces de gaviotas, cantos de sirenas que se duermen sobre los vasos de ponche. Con un plato de tiburón y una cerveza celebramos el último desembarco de las chalupas cargadas de plata y aletas. A la luz del día, los senderos se encaraman por las paredes vertiginosas surcando el aire que se vuelve casi sólido. Las acequias trazan caminos imposibles por las montañas que se van transformando en terrazas de papel doblado. Las casas cuelgan en el vacío como nidos de alcatraz desafiando la lógica mientras, mucho más abajo, casi en otro lugar, las olas se estrellan con fragor de cristales rotos.

Otra noche de olor a océano y sueño tibio. Al alba Santo Antao espera.

(Santo Antao, marzo de 2008)







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WORLD'S END   (SANTO ANTAO, CABO VERDE)

In the last corner of the last island we arrived at Ponta do Sol. As a shellfish grasped to the rock, it stretches on the cliffs and shoals gaining ground on indigo waves. Front, the vast and unbridled Atlantic Ocean; back, the thick broken earth that opens pits and spears inside.

A plane from Lisbon, another one from Sal to Sao Vicente, a lost and found ferry connecting Mindelo to the last island, Santo Antao, green and ocher equally. A van through unlikely roads crossing the iron heart to almost touch the clouds  and to  throw later downhill to slam on the brakes at the water's edge just the other side of the world.

The streets of Ponta do Sol exude Caribbean salt, music hidden in the folds of the skirts and sandals. The night carries seagull voices, songs of mermaids who fall sleep on the punch glasses. With a plate of shark and a beer we celebrate the last landing of boats laden with silver and fins. In daylight, the trails climb the steep walls soaring through the air that becomes almost solid. Irrigation ditches trace impossible paths through the mountains that are transformed into folded paper terraces. The houses hang illogically in the air like gannet nests while far below, almost in another place, the waves crash with the roar of broken glass.

Another night of smell of ocean and warm sleep. At dawn Santo Antao expects.

(Santo Antao, March 2008)



(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

OLA HELADA




Cabalgando en la ola helada
en un instante detenido del tiempo
como en un cuadro japonés
donde cada cristal es un laberinto infinito
de espacio y de electrones
en la punta de mis pies y de mis dedos
fotones petrificados
que convierten en polvo el horizonte
en duda sólida azul
en agua lenta donde me disuelvo




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FROZEN WAVE

Riding the frozen wave 
in an stopped moment of time 
like in a Japanese painting 
where each crystal is an infinite maze 
of space and electrons 
at the tip of my toes and my fingers 
petrified photons 
turning the horizon into dust 
into solid blue doubt 
into slow water where I dissolve


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

viernes, 3 de junio de 2011

EN LA TELARAÑA: CORREDOR JORDI SOLÉ AL PICO RUSSELL



fino hilo azul que se quiebra
el invierno se deshace en primavera
la sombra se convierte en luz
la noche sideral en vigilia
tres por uno en la fisura
de uno en uno por la grieta
a caballo de la piedra y el hielo
estrecho camino al sol
clavos en el agua dura
piedras frías en la tripa
la cuerda que rasga el alba
los pies que arañan la tierra
roca seca descompuesta
lluvia negra de montaña
con los pies y con las manos
por la vieja telaraña
remontando el espinazo
asaltando la muralla
entre bombas y explosiones
hasta el final de la línea
que se quiebra en un instante
al borde invisible de la niebla
donde termina la materia
y el vacío se avalanza en oleadas
huellas blancas sin respuesta
buscando el regreso a casa
por paredes de sal y  azúcar
que se rompen en estrellas
entre nubes y saliva
el aire se torna suelo
donde comienza la vuelta

(Pico Russell, Pirineos, 28 de mayo de 2011)





(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó