Jamás he estado en las Pribilof, esas islas del Mar de Bering hacia las que ponían proa en la maravillosa película El Mundo en sus Manos de Raoul Walsh. De momento me he quedado en la Alaska continental. Pero esa frase exclamada al frío viento del océano en el celuloide de 1952 siempre me ha sugerido las aventuras y emociones que, de alguna manera, intento encontrar en mis viajes.

jueves, 19 de agosto de 2010

LA CASA DE AFRICA (ZAMBIA)



A la vuelta de la esquina, de improviso, surgiendo inesperada de las frondas espesas aparece la casa.

Ajena, insólita, fuera de lugar, transplantada de otro mundo a las tierras altas africanas. Pienso que tal vez sucede lo contrario, que el que estoy en el sitio equivocado soy yo mismo y no la casa. Echo una mirada alrededor para cerciorarme de que estoy en Zambia, que el suelo no se ha volteado sobre mis pies y he acabado sobre la verde campiña inglesa de las películas. Husmeo el aire acre de los altos árboles cenicientos y compruebo por el olor especial que sigo en África. Los signos son inequívocos. Sobre las copas vuela un marabú. La luz dorada como no existe en ningún otro lugar tiñe de cobre la laguna. La tierra roja me asalta.

Entonces es cierto. Esta casa está aquí.

La sólida mansión alza sus paredes de ladrillo rojo sobre el césped cortado a cuchillo que tapiza los jardines. Los brazos de recia enredadera se aferran a la gran torre central hasta los arcos del piso superior. Bajo los techos de piedras grises y las chimeneas, las ventanas victorianas se abren a la naturaleza salvaje que rodea el edificio y, más allá, el gran estanque que alberga los fantasmas de los grandes cocodrilos. En lo alto de un mástil, un felino negro moteado pisa la leyenda que inflama el estandarte verde. Semper memorabor.

Shiwa Ng'andu, el lago de los cocodrilos reales, el nombre con el que se conoce la hacienda donde se asienta la casa a la orilla del lago, esconde su corazón británico en el otro corazón de esa tierra que late a un ritmo muy diferente. La mansión, Shiwa House, fue edificada en los años ´20 con materiales autóctonos siguiendo los estrictos patrones de la tradicional arquitectura inglesa y las normas sociales de su tiempo. Pero todo lo demás, lo que rodea y palpita, es africano. Como los leones, rinocerontes, cocodrilos y facoceros que montan guardia de metal en los jardines en torno a la casa y que, tal vez, a la luz lunar pasean sus patas y garras por las huellas del tiempo.



Este sueño africano lo tuvo Sir Stewart Gore-Browne, personaje ligado de modo indisoluble a la historia moderna de Zambia y que contribuyó de manera esencial a la independencia del país. Consejero de Kenneth Kaunda, el gran libertador y primer presidente, fue el único blanco enterrado con honores de estado. Los pasillos y estancias de la casa atestiguan con incontables fotografías y recuerdos las vicisitudes de la familia y de la propia nación, tal y como se encargó de mostrarme en una rápida visita una joven bisnieta del prohombre mientras danzaba descalza sobre alfombras y césped.

La sangre de los Gore-Browne se perpetúa en las venas zambianas. Kilómetros al norte de Shiwa Ng'andu, un nieto de Sir Stewart se aloja en la tierras junto a las aguas termales de Kapishya. Al sur, Mark, otro nieto, rifle en mano, levanta en verano las cañas del Buffalo Camp junto al río Luangwa. Allí pude conocer su peculiar humor inglés siguiendo a pie el rastro fugaz de leones entre hierbas amarillas.

La casa de Africa (The Africa House) es como la denominó Christina Lamb en su libro sobre la vida de Gore-Browne en Zambia.

(Zambia, agosto de 2008)




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THE AFRICA HOUSE   (ZAMBIA)

Just around the corner, suddenly, emerging unexpectedly from the thick foliage, appears the house.

Strange, unusual, out of place, transplanted from other world to the African highlands. I think that maybe the opposite is true, that who is in the wrong place it is me and not the house. A look around to make sure that I'm in Zambia, that the ground is not overturned and I have not ended up on the film green English countryside. I sniff the acrid air of tall ashen trees and confirm by the peculiar scent that I am in Africa. Signs are unmistakable. Over the crowns of the trees a marabou flies. The golden light as nowhere else stains the pond in copper. The red soil assails me.

So it's true. This house is here.
 

The solid manor rises its red brick walls on the knife-cut lawn that carpet the outfield. The arms of strong vines cling to the great central tower to the upper floor arches. Under the grey stone roofs and the chimneys, Victorian windows open to the wilderness surrounding the building and further the large pond that houses the ghosts of big crocodiles. At the top of a mast, a spotted black cat steps on the legend that inflames the green banner. Semper memorabor. 

Shiwa Ng'andu, lake of royal crocodiles, the name by which is known the estate where the house is built on the lakeshore, hides its British heart in the other heart of that land that is beating at a very different pace . The manor, Shiwa House, was built in the 1920s with local materials according to the strict standards of traditional English architecture and social norms of its time. But everything else, surrounding and beating, is African. As the lions, rhinos, crocodiles and warthogs standing metal guard in the gardens around the house and perhaps by moonlight walk their paws and claws on the time footprints.  

This was Sir Stewart Gore-Browne's African dream, a character inextricably linked to modern Zambia history and who helped in an essential way to the independence of the country. Advisor to Kenneth Kaunda, the great liberator and first president, he was the only white man buried with state honors. Corridors and rooms of the house attest with countless photographs and memorabilia the family and nation's events, as showed me in a quick visit a young nobleman's granddaughter while dancing barefoot on carpets and grass. 

Gore-Browne's blood is perpetuated in the Zambian veins. Miles north from Shiwa Ng'andu, a Sir Stewart's grandson lodges next to Kapishya hot springs. To the south, Mark, another grandson, rifle in hand, rises every summer Buffalo Camp's reeds by Luangwa river. There I knew his peculiar British humor following on foot the ephemeral lions' trail among yellow bushes. 

The Africa House was so named by Christina Lamb in her book on Gore-Browne's life in Zambia.

 (Zambia, August 2008)


(c) Copyright del texto y de las fotos: Joaquín Moncó

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